Poemario curioso

CABEZAS DE CIERVO

I

 

[O luar é a luz do sol vestida de humildade]
Teixeira de Pascoaes.

 

Muéstrame Teixeira, qué es la saudade,
¿cómo edificar una república
sobre el pilar cenizo de la nostalgia?
Acaso eres feliz en la tristeza, en la contemplación de lo inasible
una vez y otra celebrado,
y no puedes mirar el parto del sol porque la luz
te abrasaría.
Te abrazaría yo, hombre de Amarante,
si te tuviera cerca, en el radio de tu mirada que escruta
siglos antiguos que se quedaron sin aire,
antes de volver a mi tiempo y dejarte con tu pelo revuelto
de poeta ausente
saboreando vino añejo
piedra y
soledades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

 

Si quisiera podría,

porque soy un dios amodorrado y gris

porque soy como un dios sombrío,

si quisiera y si:

 

si guardara en un odre toda mi tristeza y

lo enterrara a un palmo

en el suelo

podría secar los bosques australes

-tal es el pesar de mis párpados-

mas

yo adoro escuchar el trino y el oscilar

de las ramas,

el crujir de la hojarasca bajo la pisada de las hojas nuevas.

Mejor                   -como el halcón-

me trago esta culebra y voy alto a batir

las asperezas

a cielo abierto, voy

a leer un libro antiguo en otra lengua:

sé que hoy

alguien en el Indico ha encontrado

palabras de Camões flotando en aguas lapislázuli, mientras,

otros desesperados tras la sombra de sus huesos que no aparecen y ese alguien

sin saber tasar el peso de lo que trae

dentro de sus redes.

Ahora yo,           un dios sombrío,

puedo leer apartando las algas de una lengua que no entiendo

pero que adivino y aparto la tristeza como las estrellas,

es decir:

 

hasta la noche.

 

 

 

 

 

III

 

 

Soñé anoche unos versos y pude recordarlos,

era algo así como

o aproximado a esto o como

esto

De pronto la luna aleteó tres veces y avanzó

súbitamente

en la vertical del cielo.

Era el cambio de hora,

            brusco

            como en un reloj de cuco,

reflejado en la gran tarta de limón.

No sé qué pasa pero a veces me invade algo

que te invade a ti y ocurre como esta mañana

que escribiste en un papel un besso y justo al salir me crucé en la alameda con un tipo igualito igual

al poeta portugués.

Es invasivo y se te erizan tres centímetros de piel cuando dice Pessoa

tomamos la ciudad después de un intenso bombardeo

y sí, es doloroso y yo no quiero dolor cuando te leo

poesía en la cama en esa hora en que

la gente decente

trabaja.

El asunto es que soñé lo de la luna avanzando a golpes y pensé que,

qué buen comienzo para un poema,

pero no supe luego seguir cosiendo palabras

porque debe ser

que ese poema debo seguir soñándolo

fragmento a fragmento para recitártelo

en el primer despertar

de todos los despertares

que tenemos

cada día.

 

 

 

 

IV

 

 

Algo se mueve en el hueco de tus poros abiertos

como pozos sin brocal

profundos tan delicadamente cubiertas de verdín sus paredes.

Cuando a las mañanas te lames las manos y encuentras

restos de miel y resina de jaras sabes que

algo se mueve en tu piel cuando la luna se alza y una vigilia de curujas

rompe la roca plata del aire.

Es la noche.

Con su secreto,

su miedo heredado,

con su luz escasa

absorbida egoístamente por algunas otras almas.

 

Es la noche,

amor,

la noche larga en que te visitan quebrando la ventana y

con una esponja

se llevan todo el dolor antiguo que les cabe en su haz amarillo

a las luciérnagas.

 

Algo se mueve cuando duermes el latir pausado

de tu cuerpo,

alguien te unge de flores dulzonas y te observa desde otra altura

obviando las tejas y los techos.

Es la noche, amor, con sus guardianas

velando

tu reposo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

 

Ya casi no proyectamos sombra,
nos volvemos líquido y fluimos
cauce abajo
regando tanta sequía.
Créeme, estamos haciendo bien al mundo
con este amor torrente.
Créeme, somos
la última resistencia en este castillo sitiado e igual
escribirán libros sobre nosotras.

Sus últimas palabras fueron,
debo admitir,
terriblemente hermosas,
terriblemente sordas impresas por su mano
con tinta roja o sangre,
quién sabe.
Su voz era sólo para el canto,
como las aves,
tal vez hablara a solas frente al espejo
o a primera hora en el amanecer aún en el sueño
quién sabe.

Tanto ha llovido que sus huellas
no pueden seguirse en los caminos                       mas
yo salgo
peregrino errante que no peregrina
a decir su nombre a los árboles,
a decir Olatz
sólo por saborearlo,
cada tarde
hace milenios,
con mi luenga barba de loco asceta
a llamarla como si existiera:

Olatz

 

Olatz

 

Soy el cuenco donde bebías
¿recuerdas?
¿acaso no padeces ya la sed o el hambre?
¿no padeces la soledad en este bosque?
Yo sabía mitigarla.
Olatz, han escrito, ciertamente,
versos sobre nosotras,
siéntate a que te lea
así sea desde lejos
hablaré fuerte 
o mejor
acércate 
a que te huela.                                                Fuimos enormes, como pinos centenarios y ahora
                      los animales se cobijan
           a nuestra sombra,
esa que aunque no estás dejaste,
alargada
como el vuelo
de una garza.
Es lindo y doloroso, me engañaste un poco,
quisiera que la vieras,
una sombra fresca
contra el implacable sol de agosto.

 

Es un enigma para el paladar
-como lo era Olatz-
esta inercia de nostalgia
dulce y amarga recostada
sobre mi lengua,
atravesando cientos de amarillos calendarios.

Saldré hoy a buscarla              otra vez
alegre y sosegado,
a observar el inmenso verde que se pliega
a mi llamada y
no contemplo
renunciar a mi locura.

 

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