Orígenes VI

 

Parece no pesar nada,

madre, fuera hay nieve

un manto limpio y leve,

No se levante, fuera hay nieve.

Nadie nos contó de ella,

no está en las historias del desierto,

pero yo sé qué es

cómo es y

su nombre.

Mírela, madre,

acérquese a la puerta, pondré un copo sobre nuestras lenguas,

ninguno de los nuestros la conoce,

yo sé que es fría, no ha de vivir mucho aquí pero

está perlando los brotes de la higuera.

Parece no pesar nada, pero ha de quedar su poso eternamente.

Puedo escribir su símbolo, hacer historias y contarlas

a los antepasados que no la vieron,

que no sabían nada de ella,

que si la notan caer en su mundo ahora

la reconozcan sin enrojecer de vergüenza.

Me viene de un lugar del sueño,

tan pura y blanca

hecha de agua,

tan grande revelación me vacía de fuerzas.

¡Ah, madre, la epifanía mató al profeta!

Fuera hay nieve, eso es, nieve

venida de otro tiempo,

igual que vienen siempre las cosas desconocidas de otro tiempo y aún sin nombre,

transgresoramente y buscando al menos

una boca abierta

donde posarse.

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La r del corazón

La frente clara,

las sienes,

la r del corazón

¿quién te la puso? completandolo, que puedo leerlo seguido a veces,

si no es niebla o

si no es oscuro.

¿Quién hizo crecer los bosques que circundan Caburgua?

y el lago mismo ¿quién lo llenó de agua clara?

si no hay tan grande mano que decida.

¿Qué jardinera te hace crecer los brazos y las piernas?

Una asamblea de hombres sabios y mujeres sabias

en torno a una hoguera

en otro tiempo

van echando leños como pergaminos

con órdenes que se van al aire hechas humo.

Quizá. Poco sabemos.

Quién da forma a la forma.

Y la r del corazón,

también las otras letras, que sin ellas no puede latir, y le nombró

bihotz

cor

herz,

y le ordenó:

has de amar y ser amado, es ese tu propósito sobre la tierra.

¿Qué barca te trae hasta aquí?, que no puedo ver nunca el rostro del remero sigiloso.

Ahora has de partir una vez más, con tu nombre y tu silueta y

todo lo abstracto de ti.

Hablaremos largamente sobre el misterio, pero ahora has de partir

para que pueda volver a llamarte.

Factor Grinkov

Ni tú ni yo poseemos el factor

de riesgo

de Grinkov,

así que nos late el hielo blanco y azul y lo agrietamos

si queremos y

si queremos hacemos derroches físicos

al borde de la explosión

de las aurículas,

pero al borde tan sólo,

asomados como a un mirador.

Ah, se pone el sol desde tu vaivén cardiaco,

qué tibieza crepuscular, querido.

qué suerte que

somos inmortales ya que ni yo ni tú

poseemos

el

factor

de riesgo de

Grinkov.

Y lo dices lento como

por si acaso,

porque viste desmoronarse a Ekaterina

en pleno triple axel y sus lágrimas dispararse hacia

veintiún años atrás.

Vuela una gaviota, dos gaviotas, lentas como tu voz, enmarcando

esa puesta de nuestro corazón común

en el horizonte,

y el mar, cómo no, también presente

y el rayo verde, sólo faltaba eso,

nos puede el idealismo y

la poesía

nos puede.

Qué atracón de latidos.

Era un atardecer más,

sólo era eso.

 

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Esa mano

Necesito una mano

que asista un poco la mano mía.

Ajena y no enguantada, nunca y no es preciso

que la piel esa guíe por un aire nuevo o andar sepa

a diez centímetros sobre la hierba;

nada de eso,

no hay pretensión y no hay urgencia:

calma sea,

que necesito una mano, no desesperadamente

pero que asista un poco.

 

Hoy hice nacer un poema sobre la muerte mediocre o la reconocida muerte y

lloré un poco

de frente al mar. No sabía que esto estaba en mí. Luego

en un lugar impreciso de Roque Faro una mano escribió un mensaje

y lo metió en una botella lanzada ya al mar verde y niebla,

y los ojos de esa mano se cerraron fuerte

y desearon estar junto a mí

para decirme:

eso estaba en ti, también cosas dulces, en ti está todo.

Esa mano (la que lanza botellas y tiene ojos que se cierran fuertemente)

es justo la mano

que necesito.

Quienes me vieron nacer

Hablen quienes me vieron nacer,

algo digan sobre la luz

que había o si era lluvia o si era noche o si

era día.

Hablen quienes me vieron nacer,

la madre, la partera, los viajantes

que pasaban, la sábana roja, el puño mordido;

todos, dejen escrito en papel y alguna suerte de albacea

atesore las fechas, aunque no sean concretas,

aunque no sean exactas, pero

que aseguren que nací,

que escuchó alguien mi llanto nuevo y fui

un animal más llamado a hollar la tierra,

sin trascender,

un ser más,

simplemente.

Que fui india en Temuco y negra en el Congo del tirano belga,

que fui bebé sirio dejado a las puertas, y suplico que lo digan,

que si he nacido me queda el derecho de morir,

mediocremente,

de ocupar la tinta pequeña de un  obituario.

¿Quién me reivindicará si de mí nada sabe?

¿Qué flores tendré si ni la tierra bajo los pies tuve?

Que se sepa, que nací

y que por nacer

me asesinaron.

El estómago de la ballena

Nada se escucha desde el estómago de la ballena,

ni su reclamo

ni canto alguno de ninguna sirena.

En florestas submersas no hay trino, ni caída de ramas, ni transistor de  leñadores.

Nada se escucha desde su estómago, ni el agua que golpea en las paredes, ni su propia voz Jonás desesperado.

Sola transita bordeando orillas, oscilando leves a su paso las praderas de color indefinido,

aleta caudal poderosa, y los ahogados gesticulan lentos, torpes movimientos como de gravedad cero.

Hay otro mundo de rostros azules, abajo, al fondo, bolsillos con piedras.

Pero nada se escucha,

no hay eco que una vez y otra vuelva

porque nada se emite

desde la voluntad feroz

del silencio.

…a los emisarios del cielo

Al paso de la marea viva

había peces muertos, con el sol tumbado y tenue de noviembre reflejado en los ojos

eternamente abiertos,

orbiculares,

y reflejada la silueta de mí, mirándome mirarlos.

Gaviotas no,

que no se habían presentado en la mañana al festín

de la carroña,

y los peces muertos y aún conscientes de su muerte reciente, esperando,

sabiéndose repudiados,

arrojados por el mar a las arenas e indiferentes también ahora

a los emisarios del cielo.