Actos de amor

Actos de amor

precisos como

los remos de un esquife amenazado en su deriva.

Actos pequeños sobrevolando un valle de cadáveres, la ceniza muda del gran fuego,

sobre el seco llanto, sordo, de las mujeres y hombres de la tierra;

pequeños o inabarcables por un corazón humano:

Hoy ha latido sesenta y cuatro veces por minuto,

es una buena media,

se volvió loco, galopó a las dos y cuarto,

-recibió un acto sencillo y mágico de ternura, luego, sólo pudo comer emoción

hasta la noche-,

se fue serenando dulcemente, es lo que puedo decirte,

es cierto, yo puse mi mano sobre él, y me resistí, por un buen rato, a retirarla.

Actos de amor

complejos, irrenunciables, hechos de flores,

sobre cualquier espacio y tiempo,

enfrentando la desidia,

contracorrientes.

No están jamás en los libros.

Era como un hilito,

aunque no sabría explicarlo,

había electricidad, y una música tenue, y algo semitransparente

unía a un corazón con otro

inyectándole más vida, y luego crecieron,

yo lo vi,

como globos enormes, se fueron volando.

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Amanecer naranja

Llega el fin de la noche

canta un gallo,

quizá La Traviata

quizá una de

Battiato,

qué polifonía si se suma con el grillo fiestero

que apura la última copa.

La zanahoria asoma la cabeza  tierra afuera y

qué amanecer naranja

debe venir un adelanto del otoño y sus hojas no escritas,

asoma la cabeza tierra afuera y

que alguien me tire de los pelos que quiero ir

al jugo de la mañana.

 

Qué panorama nos recibe…

¿sabes?

no nos quita el sueño que seas incapaz de verlo,

está sucediendo, eso es todo.

De la boca nos nace un bostezo malva que ruge al planeta:

vamos, hoy, con más fuerza,

no dormimos casi nada,

nos estábamos queriendo a la luz de las estrellas.

 

Esta es la canción del gallo

ahora la reconozco,

¿dónde la habrá aprendido? qué bravo que

renuncia a la doctrina del kikirikí.

Las sábanas quieren

ondear como locas,

nada extraordinario,

el viento es una caricia que mueve el molino de nuestros brazos

y trae

aires de café de las vecinas.

Espera, otro beso, espera

otro abrazo

por si no nos encontramos en la gota

pequeña

lenticular

que ya está regando la tierra.

A Amaranta

Como de otra vida cae

como de un planeta extinto

cae como lluvia y

¿qué hicimos perdiendo minutos vitales sin abrazos?

qué torpes que bajo un paraguas, de la felicidad,

algún momento nos guarecimos

 

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fuera del mar, gotea sal y se entristece

de mi miedo a querer

 

—————————–

 

¿y cómo alcanzo a besarte?

dijo la ardilla al ciprés,

sea pues que me trepes o que aprenda yo a plegarme

ambas cosas

pueden ser.

 

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Me entrego

no me entrego y mientras

se acaban los pétalos que anhelan ser

cuenco del suspiro de los dos,

 

se me escapa el cariño hasta su oído

se me escapa la piel contra la piel y mi corazón obvio,

desecho en la voz dulce de manzanas,

luce un mordisco hermoso, de la forma de su boca

y del hondo

de su nombre.

Esos territorios

Era gris pero

ahora

que no pesa nada, o casi nada la nube

vacía ya de agua,

ahora, elevada columna feliz, puntal del cielo

de mi boca,

 

el color nuevo me lanza

 

al terreno del estómago nervioso

al tapiz de la piel

al pulso febril, irracional,

me lanza como un mar de manos a todos esos territorios donde

suavemente, sin remedio,

vence

el corazón a

la cabeza.

era el 98

De indolencia miré

cómo buscaban a Tabarly con el corazón dentro de un batiscafo,

yo no hacía nada,

con aire y una hierba lacia de orilla entre los dientes.

Lo recuerdo bien, era el 98 y yo no había nacido.

Tormentas después supe que todo anhelo puede ser un pecio

estático o bailante en lo profundo

tormentas después supe que hay que aguantar la respiración

y bajar a la búsqueda.

Era mayo de otro año y lloré largamente,

poco importa la lágrima salada

a ojos de los peces,

ridículo

como apuntar al sol con una vela encendida

pretendiendo vencerle.

No descubrimos mares nuevos para él, qué torpes,

y me digo:

la vida es un aprendizaje,

y me digo:

vencer sobre cuatro maderos al vendaval océano adentro.

Yo era de los que miraban desde la playa en el primer frío de la mañana

cómo algunos metían sus corazones en un batiscafo y lo hundían

bien profundo

para que no observásemos su dolor

desde la costa.

La flor del pleonasmo

En el atisbo minúsculo de empezar por marchitarse

para acabar plegándose al desaliento,

ahí hay que actuar,

antes que eso,

con un regador repleto de agua regar a la flor

del pleonasmo.

Mirarla con ojos firmes y que la mirada sienta,

como un impulso irrenunciable

sojuzgando la laxitud del tallo verde,

que la haga hermosa de color,

de porte gallardo y oscilar al aire tenue.

Dedicarle soflamas, y a la noche

leves epítetos que la enternezcan,

que es responsabilidad nuestra cuidar, ah, dulce poetisa almibarada,

fervorosamente a la flor cándida

a la flor grata

a la flor grácil

del pleonasmo.

Bailar sobre una pata

¡Gladys!

 

Bailar sobre una pata

como funambulista de pantalón bajo en marea alta,

como araña sin siete,

o un bastón equilibrista,

o un flamenco rosa.

Bailar sobre una pata

de incontenible alegría,

si hierve la sangre por sentir que hierve

trepándose enredadera hasta el pelo más alto,

bailar mecida en el arco transparente de la música,

en arena o hierba,

en tierra y descalza.

De emoción vibrante,

bailar sobre una pata.