El lugar era un río

El lugar era un río nuevo para mí, un río que ahora conozco bien. No de contorno libre, al que entraras ganando poco a poco profundidad desde las orillas, no, más bien un canal artificial de aguas remansadas, con paredones laterales y una escalera de hierro precariamente sostenida a la piedra, y rematados los paredones de juncos allá donde éstos pudieran anclarse. Todo muy verde, con árboles similares a chopos bebiendo la humedad en las riberas, y de aguas límpidas a pesar de la aparente estanqueidad del flujo. Ciertamente es lo de menos el río y su condición, lo amable era la atmósfera de domingo, de vacaciones permanentes, el ruido de cigarras y la laxitud del tiempo. Ahora puedo volver siempre y dejar una hoja en la superficie, observarla moverse sin más y mirar el gesto de cada personaje. Se reunían en el río hombres y mujeres morenas de sol, jóvenes, infancia alegre, como si no hubiera mejor ocupación en esa tarde, porque era tarde, sobremesa de sandías y sombrero pajizo sobre los ojos, con una pequeña barquita y neumáticos de coche inflados en el papel de fragatas. Era tarde y era una época añeja que no puedo precisar, cuando el ritmo era diferente al que conozco ahora, no sé, pongamos la década de los 50, pongamos el centro de Portugal. La cosa es que era un espacio físico y temporal ajeno por completo a mí, pero yo había sabido crearlo veraz y emotivo, totalmente sensorial, es de los mejores sueños que mi inconsciente ha proyectado. Yo me sentía feliz, me bañaba en la fiesta contagiosa, yo era niño entre niños que se bañan felices en un río y ese río es su única realidad, no había más devenir que ese presente, sólo se devoraba lo inmediato, sin más. Y verás, todo sueño se acaba porque despertamos, cruelmente nos arrancamos de un ideal que desearíamos eterno. No sé si te ha pasado, a mí me sucede a menudo que hay un momento cuando la película mental toca a su fin y desde la realidad soy consciente de que estoy a punto de abandonar la ensoñación y abrir los ojos. Digamos que hay un instante en que sé que el sueño es sólo eso, y trato de alargarlo unos segundos en una agonía mentirosa, digo mentirosa porque mi mente consciente, aferrada estérilmente al sueño, lo ha contaminado con deseos nacidos de la realidad, con lo que el sueño ya no es puro. No sé si me explico, supongo que debe haberte pasado para que lo entiendas del todo. Esta vez el mecanismo de defensa ante el despertar fue diferente. En plena alegría alguien me pide que saque una fotografía a un grupo de personas, al lugar concreto, yo lo entiendo como un intento de captar también el tiempo y el olor, las cigarras y el chapoteo, y con una cámara bastante rústica busco el encuadre, tengo las manos mojadas, el cielo es de un azul inexplicable, y es ahí, justo antes del click, cuando soy consciente de que voy a abandonar el paraíso, no hay solución, voy a despertar, lo sé, pero me aferro un poco e intento hacer la fotografía, durante segundos hay una lucha entre los dos mundos y cruzo la frontera en los dos sentidos varias veces, en ese momento comprendo que la foto ya está hecha, la imagen del río se ha implantado en mí a través de la cámara. ¿Qué quiero decirte con esto? El sueño era tan hermoso que ante la inminencia de su fin, mi inconsciente buscó una herramienta con que fijarlo eternamente. Sacar una foto. Por eso cuando todo se precipitó yo sentí la necesidad del click, no podía perder el lugar y el tiempo. Una fotografía en el sueño era el salvoconducto para el recuerdo. Sin el episodio de la foto desesperada quizá todo se hubiera perdido, pero gracias a ella me esforcé en fijar la imagen, el ambiente y, he aquí lo grandioso, la emoción de aquella tarde de río. Debe ser que el poder de nuestra mente no podemos entenderlo desde la conciencia, entonces la inconsciencia vela a veces por nosotros, porque sabe de nuestras necesidades profundas. En mi caso aquel sueño era una necesidad profunda, y era preciso amarrarlo en forma de fotografía una vez que se comenzaba a intuir el fin. Te decía antes, ahora puedo volver cada vez que quiero y dejar una hojita en la superficie del agua, y retornar a la calma de ese día. Me puedo asomar como a un cuadro o estar dentro del cuadro si quiero. Y sí, ya sé que es un ejercicio de absoluta nostalgia no ejercida sobre un hecho realmente acontecido, sino sobre una invención onírica. Si hubieras estado allí, en el sabor de la sandía, en esa década, con ese cielo de azul inexplicable, tal vez no habríamos vuelto.

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Las voces propias del bosque

Es entrar al bosque los días festivos, a la llamada de las voces

propias del bosque:

las voces del brezo

las voces del líquen

las voces de la hoja muerta,

es entrar casualmente por la misma ruta siempre,

hay algo milenario en la cadencia con que crujen las raíces creciendo,

de risa crujen, socarronas:

 hay un átomo suyo en algún rayo escuálido de luz

  entre las ramas,

  se sostienen en el aire sin más, perduran siglos

  inalterables,

  busca el átomo si aún lo amas.

Sea pues que esa parte minúscula esté y yo la respire y se funda

con otro átomo cualquiera y crezca.

 

  Un átomo suyo, aún permanece.

Es entrar casualmente por la misma ruta siempre,

a la llamada de las voces, cualquier día

cualquier hora,

el gesto más consciente

de todos los gestos conscientes

que da forma a la más ciega búsqueda

de todas las búsquedas.

Detener a Kathrine Switzer

Todos los grises que van

del negro al blanco y del blanco al negro

están presentes

como cipreses

en la fotografía.

Orgullosamente erguidos, grises de otro tiempo:

no sabemos del nuestro ni de nuestros papeles.

Detener a Kathrine Switzer, agarrarla de los brazos y las piernas, someterla o

ir con ella respirando el aire fresco como quien pasea por Boston 42 kilómetros.

Nadie nos dijo el deber ni el poder, ni en el tiempo de los grises ni en el tiempo de ahora.

Papeles otorgados para una representación,

qué nervios,

a fin de curso.

¿quién nos pondrá nota? una asamblea de varones infalibles, y nuestro miedo aprehendido al ridículo.

Pero detener a Kathrine o…

pero qué gris tenemos asignado,

pero,

pero…

qué vergüenza si nos corresponde progresar…

Nadie nos dijo el estar o el ser:

estúpidos hombres-niños o…

Nadie nos dijo…

estúpidos o…

Berria

Tarde aquella

sobre la arena de Berria, de tan fría trepando los pies descalzos

hasta el bulbo raquídeo.

De tardes inventariadas, aquella de sirimiri en la playa,

con una voz de cable metálico sentenciando de lejos:

han borrado a G.

de la superficie de la tierra y de

sus propias palabras escritas.

¿Cómo así? sin quemar los papeles, su nombre desaparece

así,

como el nombre en la arena que escribes un segundo antes

de la ola.

¿Ves como es posible?

Las gaviotas asiduas de la orilla, sin mirarse, sin decir se dicen:

otros que vienen a llorar al mar,

la sal y la sal se entienden bien.

Las gaviotas a veces se hablan sin mediar gesto ni palabra, debe ser que son

hijas del mismo aire marino, igual que las del duelo,

igual que todas las que lloramos que G. fuese borrado

de sus propias palabras escritas

a la misma hora

con el mismo llanto

sin decirnos nada.

Sólo salirnos

Nos sentamos a ver qué sucedía

con refrescos y frutos salados nos sentamos

cualquier día de cualquier año ante el espectáculo de títeres.

Y era el escenario terrible,

y era el peor director de escena

y un desfile de culatazos en la boca y reos-niños, y las tablas

cubiertas de polvo y sangre y habían enmudecido al apuntador y al muecín,

de modo que

no había oración posible por los cuerpos ordenadamente cubiertos

por hilachas de telón.

De algún lado llovían piedras,

cualquier día de cualquier año,

sobre la platea y había títeres sin cuerda y con los ojos blancos

sentados o desplomados a nuestro lado como espectadores vaciados.

Se sabía la muerte, estaba rodeándolo todo con botas negras,

se sabía con una certidumbre grotesca:

una miríada de almas gimen estarcidas en los muros de Jerusalén.

Cualquier día la función no acaba,

no termina cualquier año, y nos salpican restos de algo

denso y morado y no queremos saber qué es,

sólo salirnos

en plena náusea a exigir la devolución

y un borrado mental de lo visto

y un lavado de nuestras ropas.

No nos gusta el horror. No volveremos a mirarlo.

Hipnos

El lunes le pesa a Hipnos,

que juega a arrancar a sus hijas noctámbulas

bostezos a primera hora de la mañana.

(Y, bésame, Pasítea, llévame

allá donde tú transitas livianamente

como sin ropa y otras tristezas).

En ese instante concreto,

en ese abrazo onírico,

un ángel de perfil griego

desciende amable posando los pies

sobre la mesa del desayuno,

toma bocados del frutero

con la confianza que dan los años y en

un sonoro aleteo se va por donde vino

-quiero decir-

quebrando el techo

que era de nube

que era de sueño.

Hipnos se abraza consigo mismo

(Pasítea, amanece, vamos al lecho).

De tu bosque lo más fresco, el musgo,

los helechos, el agua que queda de la noche,

como restos,

 

de tu voz los acordes como de violín pulsado en pleno orgasmo,

los llevo de paseo

tomados de la mano.