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era el 98

De indolencia miré

cómo buscaban a Tabarly con el corazón dentro de un batiscafo,

yo no hacía nada,

con aire y una hierba lacia de orilla entre los dientes.

Lo recuerdo bien, era el 98 y yo no había nacido.

Tormentas después supe que todo anhelo puede ser un pecio

estático o bailante en lo profundo

tormentas después supe que hay que aguantar la respiración

y bajar a la búsqueda.

Era mayo de otro año y lloré largamente,

poco importa la lágrima salada

a ojos de los peces,

ridículo

como apuntar al sol con una vela encendida

pretendiendo vencerle.

No descubrimos mares nuevos para él, qué torpes,

y me digo:

la vida es un aprendizaje,

y me digo:

vencer sobre cuatro maderos al vendaval océano adentro.

Yo era de los que miraban desde la playa en el primer frío de la mañana

cómo algunos metían sus corazones en un batiscafo y lo hundían

bien profundo

para que no observásemos su dolor

desde la costa.

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La flor del pleonasmo

En el atisbo minúsculo de empezar por marchitarse

para acabar plegándose al desaliento,

ahí hay que actuar,

antes que eso,

con un regador repleto de agua regar a la flor

del pleonasmo.

Mirarla con ojos firmes y que la mirada sienta,

como un impulso irrenunciable

sojuzgando la laxitud del tallo verde,

que la haga hermosa de color,

de porte gallardo y oscilar al aire tenue.

Dedicarle soflamas, y a la noche

leves epítetos que la enternezcan,

que es responsabilidad nuestra cuidar, ah, dulce poetisa almibarada,

fervorosamente a la flor cándida

a la flor grata

a la flor grácil

del pleonasmo.

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Bailar sobre una pata

¡Gladys!

 

Bailar sobre una pata

como funambulista de pantalón bajo en marea alta,

como araña sin siete,

o un bastón equilibrista,

o un flamenco rosa.

Bailar sobre una pata

de incontenible alegría,

si hierve la sangre por sentir que hierve

trepándose enredadera hasta el pelo más alto,

bailar mecida en el arco transparente de la música,

en arena o hierba,

en tierra y descalza.

De emoción vibrante,

bailar sobre una pata.

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Un helecho va a romper

Un helecho va a romper

su porción de suelo y

por la grieta abierta apenas

se cuela tibieza de sol, y la pata de un escarabajo.

Vuela un pinzón ajeno al nacimiento,

aletea una mariposa anclada a su flor dorada,

viene una nube,

el agua breve acaricia algunos troncos,

y en este marco perfecto

el helecho que apunta al cielo abriendo su espiral

-voluta del violín-

deja el corazón bajo la tierra y ese desperezar

que es medio ciego, que irremisiblemente es medio sordo

despliega un verde que se queda en eso

despliega un verde hermoso, sí,

y luego

nada.

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De “ploure”

 

Me lo cuenta en pleno sueño Blanca Llum, que no me conoce, ni que conocerme tiene, recostada sin peso ella que significa Blanca Luz, que me cuenta cosas al oído en su lengua, en la oscuridad quebrada por el verbo y por su nombre, me pica como un insecto dulce con su verso: el teu plor em fa ploure…

Y yo que no la entiendo casi nunca pero que vibro siempre que me visita, que sé que esas palabras las hice yo y las puse en su boca para justificar que en sueños sé hablar un idioma ajeno, yo, así sin más, crezco en felicidad porque adoro las palabras.

Y buceo y encuentro que su plor es como el llanto nuestro, aquí junto al continente,con más o menos lágrimas y sollozos, y que plorar es llorar en catalán y aragonés, que viene a la deriva de cuando los latinos decían plorāre. Dejemos hoy aparte el hecho de implorar, de implorāre, es decir, pedir llorando, no estamos para esas súplicas.

Entonces es fascinante que ploure es llover, tan cerca fonética y conceptualmente, también que partió del latín popular plovĕre y este del latín pluĕre, y que este ploure no se dice ploure así como tú y yo lo leeríamos, sino que en el susurro onírico de Blanca Llum están cerquita y se funden, bilabiales, la lágrima y la lluvia.

Ahora seguro que tú piensas algo similar a lo que yo pienso, todo nace del mismo lugar, la idea se precipita tanto del ojo como de la nube, y esa relación poéticamente asimilada tiene si cabe más sentido. Por eso digo, por eso te digo que igual que tiene que llover sobre la tierra agrietada, a veces tenemos que llover por nuestra cuenta, y no es cosa mía, es cosa del latín lejano. Verás, se me ocurre:

 

Ah, si fuera suficiente la vocación del llanto para quedar serenas,

suficiente verbalizarlo sin que el río aflore,

pero no, igual que el recuerdo melancólico de la lluvia nos enternece,

o el petricor fugaz de un jardín regado brevemente

engaña

pero no empapa la tierra…

 

Perdón, no puedo evitarlo, es que yo tengo vocación de llanto, por ahí desembocan el exceso de emoción y la alegría: si yo fuera cielo nos miraríamos desde el fondo de un lago.

 

Ya sabes que un cielo que llora o una tristeza que desemboca en aguacero son hechos que pertenecen al reino de la metáfora, la literatura es fértil en esas latitudes, dejémonos llevar y utilicemos cualquiera término en cualquier caso, ¿vale? Te propongo: Hoy lloró sobre el bosque toda la mañana, luego salieron los caracoles, o, aquí estoy, también mi hombro, por si no quieres llover solo, o quizá, el llanto invernal acompañó mi lluvia leve tras tu partida. No sé, es más hermoso y puede que valga para eliminar esa suposición de la pena como origen unívoco de quien llora y también para acoger con cualquier sentimiento a la fresca llovizna.

 

Al fin,

al fin se llora, qué alegría, al fin los cauces secos

recuperan su nombre

y encauzan un llanto desatado que inunda de alegría la comarca.

Se retira la sequía, ¿cómo no llover de tanta dicha?

 

————-

 

Abro la palma de mi mano y llueve una gota,

no sé de dónde cae, llora una gota

gruesa que traza un breve camino

espejo como un río de mercurio. Es lágrima de alguien o de algo

alegre o triste, pero desahogada

que busca libre ya caer en tierra y sumarse a otras muchas que se agolpan.

Si fuera de tu lluvia,

esa que no conozco,

si fuera de tu cielo lloviendo mejilla abajo…

 

¿Y cómo sonará en esa otra lengua? vamos a decirle a Blanca Llum que nos traduzca.

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Ocurre el trazo orbicular de un dedo

Sucede la flor del tuno

abriéndose de papel en tierra dura,

la sal,

el seno,

los planetas

y una virgen soberbia en sus altares.

 

Ocurre el trazo orbicular de un dedo

bañándose en la piel de la areola,

un santo sin corona

sonrojado,

el crimen,

el castigo,

la premura.

 

Benditos los lunares espirales,

el cuerpo volteado hacia la luna,

un eclipse llegado en fase REM,

la fotografía eterna,

el oscuro.

 

Los pájaros silentes de la noche

velando el corazón de los amantes

-la transgresión como arma constructiva-

conspiran por que el alba se demore.

 

Y todo queda como testimonio,

la saliva,

el olor,

la luz cegante,

 

la petite mort,

el amor desbordado,

y el deseo de que el día muera antes.

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07/08

La lectura,

el ensueño,

el llanto y

la voluptuosidad, exigían,

estaba escrito,

una soledad inviolable.

Nada menos cierto, amor.

Ocupaciones que en tétrada o individuales podían ser embestidas

a cuatro manos,

no por cualesquiera, no,

que son las tuyas en las mías,

amor,

imprescindibles.

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