Palidez pronta de la mañana

Palidez pronta de la mañana. Esta es la escena. Pronta palidez de la mañana: en ella viajó, dentro de una maleta facturada a alguna parte y Necesito ver nuestro amor desde un banco, o desde el pretil en un idioma extranjero de una estación de tren, nuestro amor desde fuera como quien escruta un campanario o se pierde en el zambullir de patos, en el atardecer púrpura dentro de un plato de sopa.

Confirmé: el amor es una prenda de cuatro letras, vamos a mirarla colgada de una tendedera (gotas que caen ligeras, ah, el aire complacido de intentar secarla).

Si queremos nos lo pondremos o saldremos sin más al azote del aguanieve en el invierno perpetuo.

Luego, la vida. Veinte años de aves en punta de flecha hacia el sur y sus promesas, la vida un perro de aguas que murió de viejo, millares de mareas, árboles llenando sus copas gigantes, todo lo que es durante, algunos entierros y el duelo inconcluso agazapado en las aurículas.

Nuestro amor campanario visto desde un banco serenamente, tendido al sol, agitándose a ratos y el frío que se niega a marchar pero se soporta, porque la alternativa a resistir no la conocimos.

Yo tenía la vista perdida en el cristal, y la estación era un borrón desde mi lugar en el vagón restaurante, pero supe que era pálida la luz de la mañana temprana, y que ibas en una maleta, plegada como un papel junto a otros papeles. Todo lo que es durante. Y los árboles que crecieron ante ti tienen otro porte y otro trino pero igual llenaron sus copas gigantes y brindaron el verde y la vida e igual hacen un bosque sereno y fresco desde donde mirar nuestro amor que allá luce, que yace, remoto.

Si queremos nos lo pondremos o saldremos sin más al azote del aguanieve en el invierno perpetuo.

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En la naturalidad en el fluir se distinguen los cuerpos navegables

“A ideia de água antecede todas as fontes”

Teixeira de Pascoaes

 

En la naturalidad en el fluir se distinguen los cuerpos navegables

y no está mal

como epitafio

-exploradora de los círculos polares,

remera tierra adentro de arterias, desborde de lagos y

corazones-,

y no está mal como corolario

-quilla decidida, setecientas noventa velas inflamadas-.

Tu palabra perdurable habrá de ser líquida y madera

junco y orilla,

y el amor hecho carne avanzando sosegado

con la proa hacia levante.

En el ai na na

Posándose una mano en el pecho acalla

la jauría

apacigua dentelladas, mas

se le percibe la sangre, la carne abierta en el abrir, no más,

de los ojos.

Que se encomienda cantar y así canta: ai na na, naná naná y vamos

durmiendo y ella

velando

ventanas afuera allá, más allá de los cañizos, arriba de las piedras plateadas de la noche

hasta el vértigo de mar -está bien hasta aquí- que todo se mezcla y es

uniforme bajo la luz prestada de la luna,

todo es sereno en el ai na na,

que así canta cuando cantar se encomienda

y acalla la jauría

y apacigua dentelladas.

Se lame el mar de la cara y riega acequia abajo unas peonías de sueño,

y le sobran goterones

que no alivian nada.

bañando el mar y a ti

Calmadamente encinta

de la luna, que es su forma réplica en tu vientre orondo

de sandía en ciernes.

Dices qué extraño, siempre pensaste que era mujer ella,

digo,

él. O quizá (y ahí la magia) tiene los argumentos para reproducirse en los cuerpos proclives,

entregados.

Te venció. Te rendiste. No opusiste resistencia.

La luz de la luna bañando el mar y a ti toda la larga noche,

entrando en ti por los poros y las hendiduras, celebrando tu lubricidad de mango.

Qué envidia tan insana:

ella no durmió hasta la aurora ¿y tú?

¿caíste rendida en el pasaje fugaz de nubes?

¿gemiste tanto como en mi oido?

La abrazaste seguro, la rodeaste con las piernas y ahora, sobre el polvo quedan

tus huellas, eternamente, porque allí no hay viento ni otro impulso erosivo

¿vibra algo allí?

¿tiembla algo en ella?

Imaginarla lamida por ti me excita y me enferma.

Dicen que su aura es el dominio de los locos y los lobos

pero tú eres de otra naturaleza

(te escuché aullar y reir, por otra parte)

tus dominios son el calor y el hálito táctil,

el sudor y la laxitud postrera.

La luna y tú. Me muerdo los labios.

Ahora viene la esperanza, y yo a tu lado,

debo dejar de hacer preguntas,

ser seguro,

quererla como a una hija. Mi hija.

Hecha de una luz y materia que jamás seré capaz

de comprender.

De cuando el sol se hace mandarina y se desgaja

De cuando el sol se hace mandarina y se desgaja

desolado sol en cuarto menguante…

H. pide verbalizando

guan mandarain, plis,

junto al bosque y piensa en los árboles que no se conocen

habiendo compartido pájaro y niebla.

(Eclipse fuera de lugar provocando desmayos en el congreso de astronomía y H.

presentando rama a rama, qué gran anfitriona.)

De cuando eso ocurre entre otras cosas

tenemos diapositivas color mandarina en la memoria

y de cuando agarró un cohete

por donde suelta las chispas y atravesó la estratosfera diciendo: verás, nube, esta es tu hermana.

De cuando A. dice guan mandarain y el sol se hace mandarina

y se desgaja.

Así puede acabar una tarde

Así puede acabar una tarde;

olas livianas, impulsos planetarios, el lucero en su lugar concreto.

Así que acabe con nombres dejados en la arena, que se borren si a las pocas horas

quiere crecer la marea.

La escritora escribió algo simple hasta el extremo y luego rasgó la hoja pero

el poema estaba memorizado ya sin remedio;

algo de tanto no estás que eres cualquier que se bañe

a contraluz,

algo de cualquier forma tramposa al ojo que hace la forma tuya, cualquier voz que hace tu palabra.

Así que acabe con un desarreglo gramático aceptado en

el universo de esta playa agonizante y naranja,

y por los impulsos planetarios.

Escribo ahora yo pobre de nos si la arena testifica y nos delata

en esta hora en que perdemos el criterio

y de tan bucólico aire el propio mar se desala,

es esa la teoría de la escritora: así llora el mar

dejando precipitar su sal hasta el fondo,

renunciando a sí mismo y haciéndose asumible a nuestra boca.

Así puede acabar una tarde, firmando de grafito en la línea sutil,

delgada y definitiva

del horizonte.

27/05

Que despiertes con luz

tibia,

reflejo ocre del sol en la arenisca de Atenas

dorado de las lámparas de aceite de Damasco,

la vida que bulle en todas las civilizaciones con que sueñas.

Que despiertes con luz tibia y el roce tenue del ángel que cumple su tarea.

En la tarde de los ochenta conociste el gran bosque de pinos y trinos, y permaneces

aún con la boca tan abierta que se te escapan latidos;

sea esa siempre tu fascinación verde y madera piel adentro,

Que despiertes con luz,

nosotras vamos en un velero hacia el oeste, hacia el malva del final de la noche,

es nuestro color, donde acaba el sueño,

donde nos extinguimos: para ti el espacio donde la brasa se mantiene cálida, y sea

el amor vertido sobre el mundo

la capa que cubre el paso primero

de tus días.