Al niño que tenía frío y oscuridad

Que echas de menos al sol, pues anda, vete y dile: te añoro y tengo frío. Pero él está entretenido en sus tormentas solares, rutinariamente quemando hidrógeno, helio o a saber qué gases. Está reinando sobre  planetas y asteroides, con su cetro de luz inextinguible. No va a pensar en ti y tu nostalgia. Pero anda, ve y dile: te añoro, te añoro y tengo frío. Que precisas un amanecer naranja de noviembre, que se abran los erizos que quedan prendidos de las ramas, y que el camino hacia la pizarra, si hay tibieza en la frente y las sienes, es aún más alegre. Que sin él tu cuarto es lóbrego, demasiado, que la oscuridad no te mata, pero todo es menos hermoso, que necesitas la belleza plena, la de la vida bañada por su luz. Susúrrale: dicen eres una enana amarilla, ¡qué sabrán los físicos! eres la fuente gigante que lo hace todo. Vuelve. Al fin el sol está siempre, ve a buscarle, al otro lado del mundo o más arriba de las nubes, con un ramillete de globos hasta la estratosfera. O espera un poco, ha de venir de un momento a otro. ¿Tiemblas? canta y dile: Sal, solito, caliéntame un poquito… O busca soles. Otros. También tú tienes un sol latiendo dentro, en el pecho, lánzalo contra el espejo y él te lo devolverá, seguro. Ahora yo tengo frío y estoy sombrío: ven , bonito, caliéntame un poquito… Que yo también lo añoro, que es tan normal echarlo en falta, cuando vuelva abrázalo fuerte, que se sienta bien junto a nosotros, recostado en la piel descubierta y deshaciendo el hielo que mantiene rígidas a las briznas de hierba. Mira, ya apunta un haz naranja sobre las copas de los árboles, ya se abre el manto gris de nubes. Está aquí, abrázalo, quizá sólo hacía falta decirle…

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Casi todas las muertes

Inventé un dios,

le ofrecí flores,

restallé campanas de enorme bronce y le busqué luego

en la soledad, en la tarde

para hablarle de ti.

 

Porque no escucho el tac que tiene que venir,

porque el vacío sonoro me golpea como un mazo,

tic, tac, tic,tac

así se apagan, como relojes, los corazones y dejan de lanzar

sangre así de velozmente.

Y la espera del tac se alarga y acerco al pecho mi oreja derecha

-cómo daña el silencio, y la espera-

pero ya es reposo

es algo hueco, un vacío sonoro sin color.

Es abismal y es nada.

 

Por eso inventé un dios,

para hablarle de ti y de tus bondades

se fue indiferente, permítele oler la hierba y leer en tus jardines,

por todos los siglos,

o haz un tac que le abra los ojos

¿quién si no eres tú, dios recién creado?

yo te hice omnipotente.

 

Así se apagan los corazones, dejando a un lado

cansados,

la inercia rítmica

del metrónomo,

cayendo como un pájaro ligero con las alas plegadas

desde mil metros de altura

lanzando una bocanada de breve tiempo tan sólo.

Luego, por milenios,

no ocurre nada reseñable.

Luego hay que contarle a alguien lo de los relojes,

lo del vacío y hay que aprender también

a latir,

si cabe,

más intensamente.

Treinta centímetros de fango

Previsión de lluvias y

treinta centímetros de fango

en la huella de los caminos.

Unos pobres diablos se acogen a sagrado

ante un crucifijo de palos

en Calais.

Les baña una niebla de azufre,

les pican los labios.

Unos diablos pobres alimentan de sus bocas

palomas mensajeras,

hacen fechorías, danzan, se abrazan,

las envían sucias,

violentadas,

a mil embajadas.

Previsión de lluvia,

palo y tormenta

en Calais.

Nunca pienso que no existes

Nunca pienso que no existes.

No imagino que no estás, de piel tibia bajo el chal,

de boca deshecha en humo,

de cuerpo y alma.

Nunca pienso que tu pelo no es tan blanco

y que no me llegue una voz sólida a través del hilo

de plata.

Si cuando miro al pasado entrecerrando los ojos

te veo jugando caminitos en la tierra,

si cuando miro al futuro te veo mirarme jugar

desde otro tiempo,

no puedo jamás pensar que no hayas nacido,

que no puedes apretarte contra mí después del rayo.

Nunca pienso que no existes,

que no has estado dentro mío, como mora un pajarito aleteando

las ramas de un árbol.

Nunca pienso que no sabrás nada de mí,

nunca pienso que no existo,

que no tengo peso,

que soy un ángel tan sólo, que te observa

distraído y errante.

Si me miras y me lees en la piel

lo que aún no tengo grabado: nunca pienso que no existas,

 

es torpemente cruel

imaginarlo.

Sentirlo

La boca abierta del mar

tragándose todo y los pies, y sentirlo

volviendo siempre como si no se hubiera jamás ido

marea abajo.

Sutilmente frío y presente, y sentir la sal en el acto

voluntario

de respirar, y los peces,

vaya…

tienen sus barrios y sus cosas, sus atlántidas en vías de abandono,

sus fachadas decadentes como lisboas cubiertas de verdín.

Y sentirlo cerca, en la cama, exhalando la noche, entre los brazos

o dormitando inmensidad en la palma de la mano,

en el dorso de un cuerpo flotante.

Y la barquita que te trae y te lleva…

pronto borra los surcos, las pistas de la ruta seguida, digamos que

sabe guardar un secreto.

Sentir la lealtad.

Y por eso se lo cuento y se lo canto y está ahí el placer de sentirlo,

con la piel de sus aguas,

en la parte

y

en el todo.

Célebre andando

La celebración de que existes alguna vez

célebre andando entre gente sin rasgos,

pátina indeleble de la calle,

se vuelve tan necesaria…

 

Y la huella sutil de tu paso

es tan linda, y el sol iluminando tanto el interior de mis costillas

es tan deseable…

 

Es que existes, que yo te he visto

es que insistes

una vez y otra en la belleza

como irrenunciable forma de estar en el mundo.

 

Es que me duele la piel que tocó por azar la piel tuya

y que soy radiante y tenue, pero sí,

menos tenue cada vez

y más radiante.

La herida y la flecha

Estrella vibrante,

as de guía,

espérame en el novilunio

y atraviesame el tejido

las costuras de la carne, el vestido,

la melodía de tu vuelo y espérame en el novilunio,

rasgadura dolorosa

punta de sílex.

 

Que sangro, mírame que sangro y

me tuerzo de emoción, me elevo de puntillas,

flecha bendita,

mírame que soy la herida abierta,

franquéame que están dentro de mí

los latidos,

las plegarias de perdón,

todas las ganas de amar

de la tierra.

 

Atraviesame el tejido que te deseo

fieramente y no te temo y muéstrame,

flecha soberbia,

todo el dolor que arrastras cuando

hiendes el aire.