La flor del pleonasmo

En el atisbo minúsculo de empezar por marchitarse

para acabar plegándose al desaliento,

ahí hay que actuar,

antes que eso,

con un regador repleto de agua regar a la flor

del pleonasmo.

Mirarla con ojos firmes y que la mirada sienta,

como un impulso irrenunciable

sojuzgando la laxitud del tallo verde,

que la haga hermosa de color,

de porte gallardo y oscilar al aire tenue.

Dedicarle soflamas, y a la noche

leves epítetos que la enternezcan,

que es responsabilidad nuestra cuidar, ah, dulce poetisa almibarada,

fervorosamente a la flor cándida

a la flor grata

a la flor grácil

del pleonasmo.

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