De “ploure”

 

Me lo cuenta en pleno sueño Blanca Llum, que no me conoce, ni que conocerme tiene, recostada sin peso ella que significa Blanca Luz, que me cuenta cosas al oído en su lengua, en la oscuridad quebrada por el verbo y por su nombre, me pica como un insecto dulce con su verso: el teu plor em fa ploure…

Y yo que no la entiendo casi nunca pero que vibro siempre que me visita, que sé que esas palabras las hice yo y las puse en su boca para justificar que en sueños sé hablar un idioma ajeno, yo, así sin más, crezco en felicidad porque adoro las palabras.

Y buceo y encuentro que su plor es como el llanto nuestro, aquí junto al continente,con más o menos lágrimas y sollozos, y que plorar es llorar en catalán y aragonés, que viene a la deriva de cuando los latinos decían plorāre. Dejemos hoy aparte el hecho de implorar, de implorāre, es decir, pedir llorando, no estamos para esas súplicas.

Entonces es fascinante que ploure es llover, tan cerca fonética y conceptualmente, también que partió del latín popular plovĕre y este del latín pluĕre, y que este ploure no se dice ploure así como tú y yo lo leeríamos, sino que en el susurro onírico de Blanca Llum están cerquita y se funden, bilabiales, la lágrima y la lluvia.

Ahora seguro que tú piensas algo similar a lo que yo pienso, todo nace del mismo lugar, la idea se precipita tanto del ojo como de la nube, y esa relación poéticamente asimilada tiene si cabe más sentido. Por eso digo, por eso te digo que igual que tiene que llover sobre la tierra agrietada, a veces tenemos que llover por nuestra cuenta, y no es cosa mía, es cosa del latín lejano. Verás, se me ocurre:

 

Ah, si fuera suficiente la vocación del llanto para quedar serenas,

suficiente verbalizarlo sin que el río aflore,

pero no, igual que el recuerdo melancólico de la lluvia nos enternece,

o el petricor fugaz de un jardín regado brevemente

engaña

pero no empapa la tierra…

 

Perdón, no puedo evitarlo, es que yo tengo vocación de llanto, por ahí desembocan el exceso de emoción y la alegría: si yo fuera cielo nos miraríamos desde el fondo de un lago.

 

Ya sabes que un cielo que llora o una tristeza que desemboca en aguacero son hechos que pertenecen al reino de la metáfora, la literatura es fértil en esas latitudes, dejémonos llevar y utilicemos cualquiera término en cualquier caso, ¿vale? Te propongo: Hoy lloró sobre el bosque toda la mañana, luego salieron los caracoles, o, aquí estoy, también mi hombro, por si no quieres llover solo, o quizá, el llanto invernal acompañó mi lluvia leve tras tu partida. No sé, es más hermoso y puede que valga para eliminar esa suposición de la pena como origen unívoco de quien llora y también para acoger con cualquier sentimiento a la fresca llovizna.

 

Al fin,

al fin se llora, qué alegría, al fin los cauces secos

recuperan su nombre

y encauzan un llanto desatado que inunda de alegría la comarca.

Se retira la sequía, ¿cómo no llover de tanta dicha?

 

————-

 

Abro la palma de mi mano y llueve una gota,

no sé de dónde cae, llora una gota

gruesa que traza un breve camino

espejo como un río de mercurio. Es lágrima de alguien o de algo

alegre o triste, pero desahogada

que busca libre ya caer en tierra y sumarse a otras muchas que se agolpan.

Si fuera de tu lluvia,

esa que no conozco,

si fuera de tu cielo lloviendo mejilla abajo…

 

¿Y cómo sonará en esa otra lengua? vamos a decirle a Blanca Llum que nos traduzca.

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