La gran metáfora

Créeme. No hay nada tan real como estos versos. Lo que lees en esta hora de la sobremesa temprana en que el olor a café se demora un poco y persiste sólo en el marco de madera a punto ya de terminar de marchar, y donde la modorra se adivina en la laxitud de las hojas manuscritas, fue como imaginas. En letras ningunas hallarás nada tan tangible como lo que éstas describen. Cuando digo que aquella tarde, de pronto,

 

Un flameo de gaviotas verdes ocultó breve el cielo y

se transfiguró en vórtice

absorbiendo en su ojo la luz musgosa de las seis y el gesto titubeante

de algunos bañistas

 

no existe figuración, créeme así, no hay intención de metáfora. Es cierto que una bandada de aves color esmeralda cubrió la tierra como un manto y formó luego una espiral que igual que un feroz tornado levantó a la misma luz de su reflejo y se llevó la inquietud de quienes a esa hora dudaban si entrar al mar era ya pertinente. Existe una franja del día en que el aire comienza a enfriarse y la inercia de los cuerpos es apegarse al calor que se ha ido acumulando en las rocas y la arena seca, y en las paredes expuestas al poniente. De ese momento te hablo y de lo que vino luego:

 

la tumultuosa danza alada

precedía humedad gestándose gota y,

tras ella,

avanzando metro a metro, serena

la lluvia vino a verterse desde un azul aguamanil

eliminando los retazos últimos del sueño largo en la cara polvorienta

de la tierra.

 

Así fue que una mano gigantesca hacía pendular el jarro de loza y derramaba su contenido y la tierra se sacudía la prolongada siesta con un bostezo. Así fue y créeme que así lo vimos todos, recortada en el cielo una mano real, corpórea aplacando el calor del día y zanjando cualquier vestigio de letargo. Cada hecho fue así, así ocurren las cosas prodigiosas y deben ser así narradas, en ese idioma que tú hablaste resueltamente en otro tiempo. Vuelve pues a hablarlo conmigo, a leerlo sin complejos a viva voz, pregona el tornado de aves succionando indecisiones y la lluvia barriendo literal las legañas del mundo. Y es que, en los minúsculos restos de caparazón y el dibujo de los caminos de agua,

 

Supe de tu partida y brotó la incertidumbre de si

renacerse es suficiente y de si

cada partícula nuestra es inmortal.

Sea pues que yo recoja cada partícula desgajada de ti y

como bien te conozco la piel y los huesos,

te nazca.

 

Dime ahora, por favor, ahora que sabes lo que veo y lo que vivo y mi intención de poeta leve si tú estás detrás de todo el realismo mágico jugando a ser deidad, si hiciste tú a las verdes gaviotas y las educaste para ese vuelo, y si era tu mano inmensa la que asía el aguamanil. Dime si lo creaste para mí, si esa obra genial, física, palpable es en conjunto una metáfora del reinicio y del vencimiento, de la superación del miedo de estar sin ti.

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