Hubo un año que viví en la Antártida

Hubo un año que viví en la Antártida, fue hace mucho, aún no tenía este jersey verde, aunque tú digas que lo llevo puesto desde el inicio de los días.

No todo era blanco, había rocas pardas musgosas en la costa y una especie de gris sucio en el mar.

Huelga decir que hacía frío, que tomábamos el sol esporádicamente, comíamos mucho enlatado y nunca hubo un jarrón de flores sobre la mesa.

No obstante yo era feliz paseando bajo la ventisca casi perpetua, con las piernas enterradas en nieve hasta más arriba de la rodilla, en una lucha constante por salvar mi vida, empujando a gritos contra el viento cortante. Ese era mi juego en el sur de la tierra. Luego, de regreso a la base, me caía siempre la misma reprimenda, aunque cada vez volvía sonriente y ya habían desistido movilizar a los equipos de rescate. Me juzgaban como un caso perdido de locura suicida.

Nada más lejos, yo jugaba porque eso me inyectaba vida. Solía terminar mis paseos en un saliente desde el que, entornando los ojos, podía imaginar ver los cabos de Hornos y Buena Esperanza.

Fue exactamente a la vuelta, según desembarqué en un continente nuevo, cuando compré este jersey verde que ahora ves agujerado y manido, ronco por el paso de los años. Fue lo primero que hice, protegerme del frio hiriente e insoportable que me envolvió al salir del buque, con este trapo que no he podido quitarme desde entonces, por miedo a que la rutina se me meta en los huesos.

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