La cánula y el cálamo

La primera vez que leí la palabra cálamo, -y digo la leí porque nunca nadie, tristemente, la musita ni la brama- fue por ese poemario de Walt Whitman que él llamó Calamus y que se tradujo Cálamo, y pensé así arbitrariamente que debía ser un pájaro el tal cálamo, me lo imaginé incluso pardo y con envergadura aguileña sobrevolando bajo llanuras norteamericanas. Pero nada de eso, no.

Whitman dice cosas hermosas que no entiendo porque no sé inglés, dice por ejemplo con ese acento tan suyo que no hemos escuchado, tan de West Hills, cosas como

I saw in Louisiana a live-oak growing,

All alone stood it and the moss hung down from the branches,

Without any companion it grew there uttering joyous leaves of dark green,

And its look, rude, unbending, lusty, made me think of myself,

But I wonder’d how it could utter joyous leaves standing alone there without its friend, its lover near, for I knew I could not,

E intuyo que es algo lindo pero no entiendo ni papa, gracias, mundo, porque existen seres bilingües.

El cálamo (Acorus calamus) es un junco palustre, pues es esa la naturaleza de los juncos, que crece acá y acullá en algunas riberas estancas y en pantanales, pero ¿por qué llama así el viejo Walt a su poemario?, me socorre Javier Arnott y una vez más, recurrentemente, la mitología griega pone orden a todo, porque Cálamo, hijo de Maender, Dios del Río, era un amante de Carpo, hijo del Céfiro y de la ninfa Cloris, un joven de deslumbrante belleza, y cuando este murió ahogado, Cálamo fue convertido en un tallo que crece junto a ríos y lagos. Así, desde tiempos pretéritos, el cálamo ha devenido en símbolo de la homosexualidad masculina. Walt Whitman utilizaría esta simbología para introducir un significado nuevo en las amistades entre hombres, y se referirá al simbolismo fálico de la planta cuando, rodeado de sus erectos tallos en un estanque, anhela el regreso de su amigo-amante.

Así comprendo ahora la traducción de Villar Raso que dice

Vi una encina que crecía en Louisiana,

se erguía solitaria y el musgo colgaba de sus ramas,

crecía allí sin ningún compañero, echando alegres hojas de un verde oscuro,

y su aspecto rudo, inflexible, robusto, me hizo pensar en mí mismo,

pero me preguntaba cómo podía echar hojas alegres, erguida allí sola, sin su amigo, sin su amante cerca, porque sabía que yo no podría,

 

Así es Whitman y así son las palabras bellas, ocultan detrás un origen simbólico y mágico. Pero bien, no puede ser sólo eso el cálamo, debo preguntarle a María Moliner, esa genio arrinconada por académicos tristísimos con la que hablo cuando de verdad quiero saber cosas. Y me cuenta que cálamo es poéticamente sinónimo de caña, en términos zoológicos cañón de la pluma de las aves, y literariamente pluma de escribir, tanto la hecha con el cañón de una pluma como cualquier otra clase. Además como propina me regala la expresión latina cálamo currente, “al correr de la pluma”. No puedo pedir más a una palabra nueva para mí, y en la plenitud y en esa relación de ideas que hace a veces el subconsciente cuando el estómago hace la digestión se me viene en fusilada la palabra “cánula”, otra esdrújula firme y eufónica que también significa caña, pero que no parte del griego kalamos, sino del latino cannŭla y que en nuestros días dicen esos señores tristísimos que es un “tubo corto que se emplea en diferentes operaciones de cirugía o que forma parte de aparatos físicos o quirúrgicos”, o sea que es una vía por la que se introducen o extraen fluidos, sea la que sea su composición, de un cuerpo animal. Es de esta manera que la cánula puede insuflar vida, y que es esa su naturaleza, adentrarse punzante en un cuerpo para sanarlo, para prolongar la vida dejando correr por su interior riachuelitos de buena intención, menuda responsabilidad, y menuda responsabilidad la del cálamo cuya tarea es la de dejar pasar tinta a través de su oquedad para insuflar vida al papel, para prolongar la vida y dejarla impresa sobre la superficie que refulgía blanca unos segundos antes. La cánula y el cálamo son hermanas, suenan bien juntas, se gustan y nunca se separan mucho en los diccionarios, ninguna se marcharía, por ejemplo, al territorio de la letra “d”, dejando por detrás a la compañera. Además son poéticas, y lindas. Tengo que escribir algo.

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