Las minas antipersona

A las minas antipersona el nombre les viene que ni pintado. Pocas veces un concepto queda tan definido como ocurre en ese caso. Porque tratándose de armamento bélico (en principio) no se llaman antisoldado, antienemigo o si me apuran antihumano. No. Antipersona. No es casualidad, es precisamente para lo que son concebidas, para enfrentarse a las personas. Cuando se dice persona no se dice ser o ente, se dice persona y se dota de eso, de personalidad, de realidad individual a quien referimos.

Personalidad ajena o no a un conflicto, conocedora o no del peligro, merecedora o no de muerte o amputación.

La persona nace fruto de mil y una casualidades, si logra desarrollarse lo hará en un contexto u otro, con éstas o aquellas influencias, y forja una personalidad única, diferente en tantos matices al resto de personalidades que cada una es pieza de museo, merecedora de estudio.

La tierra de Malvinas está sembrada de olvidadas minas que esperan florecer de un momento a otro, a las que les da igual que sea o no primavera, llevan más de veinte años acumulando rabia e impaciencia. Curiosa región civilizada con muchas hectáreas vetadas al pie humano.

Camboya, Afganistán, Irak, Colombia… son más conocidas, ahí las minas bailan más alegremente, no hay tanta restricción, tanta alambrada, tanto aviso en carteles oxidados.

Minas antipersona, qué acertadamente bautizadas, aunque el cuerpo viva la persona desaparece, al menos la persona que había en su interior antes del estallido, y es reemplazada por otra. Por una que tiene más miedo, que sabe que existe alguien que le odió y deseó su muerte sin conocerle, sólo dejando enterrado un disquito pequeño, un aguijón rezumante de veneno.

Minas antipersona. Los Estados que las fabrican las venden más allá de su frontera. Lógico. Es de muy mal gusto abonar así el suelo de tus hermanos, instalar la muerte más traicionera puertas adentro.

Minas antipersona, qué insociables son. No conversan, no avisan, sólo esperan a escondidas el paso despistado, errático, inocente. Son la sorpresa más desagradable, la ejecución más cobarde, la amenaza más duradera inculcando miedo a varias generaciones.

Ahí están como plantitas carnívoras pasando desapercibidas, escorpiones bajo la arena. Ahí está la trampa cruel borrando personalidades ruidosamente.

Lamentablemente no nos da mucha vergüenza.

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