De un tiempo hasta hoy R. dubita.

De un tiempo hasta hoy R. dubita. No sabe precisar el momento en que comenzó el problema, pero dubita por todo, pasa largos minutos ante el armario hasta que decide su atuendo diario, y a menudo le llega la hora de cenar sin haber desayunado por pura indecisión sobre el menú.

Claro, estos aspectos son personales, íntimos, y por tanto disimulables.

El problema de R. se manifiesta en la calle, cuando aparece algún amigo ante sus ojos y no sabe si decirle “hey” u “hola”, si ser más o menos alegre, si abrazarle o simplemente estrecharle la mano, y en este espacio de zozobra el amigo ya pasó de largo cabizbajo pensando que R. se ha olvidado de él. Extiende su dubitar a sus visitas a la floristería y a la recova, de donde usualmente sale con las manos vacías.

Una tarde en el baño de una cafetería dubitó tanto entre usar el urinario vertical o el váter que estuvo a un segundo de mearse encima.

No comprende R., y no encuentra la raíz de su estado actual. Le gusta, eso sí, haber inventado un nuevo infinitivo con las correspondientes formas verbales a partir de un adjetivo. Y aunque está muy orgulloso de su pequeño aporte a la gramática castellana preferiría no haber tenido la oportunidad de hacerlo, no haber dubitado tanto.

Lo que me inquieta a mí, como profundo amigo de R., es su dubitar en cuanto a sus sentimientos, pues no sabe si está feliz o triste en sus condiciones, y esto lo manifiesta en una especie de involuntaria indiferencia que a mí sí me entristece.

A mí me lo ha confesado hace unos días, tras una grave crisis al fin desahogada, confiando en mí y mis celebrados consejos. Yo, huelga decirlo, he corrido a ayudarle. Y ahí va ahora R. siempre en el bolsillo una cáscara de lapa que debe tirar al aire cada vez que dubite más de cinco minuto. La norma es: que si la lapa cae boca arriba tome la primera opción estimada, al contrario de lo que hará si ésta cae boca abajo, también sirve la lapa para clasificar el orden de las opciones si éste no es claro, y así luego desarrollar el sorteo real en sí. De haber tres o más posibilidades la cosa se decide por repeticiones, por ejemplo, si R. está dubitando entre comprar manzanas, duraznos, tunos o peras conferencia, a cada fruta le asignará un número de caras, así si cae boca arriba y luego boca abajo comprará manzanas, si cae dos veces seguidas boca arriba, duraznos, y así consecutivamente. Visto desde fuera puede parecer complejo pero, como todo, es un método que se perfecciona con el uso.

Y es hoy, veintitantos de agosto, que R. sigue con el puño cerrado en el bolsillo y no se atreve a realizar la ceremonia de la que tanto disfrutamos sus amigos. Quiere decidir al fin si entregarse a la mujer que le quiere tanto o correr tras la que él realmente ama. Sé que a las lectoras y lectores más sensibles el lanzamiento de lapa como modo para dilucidar un aspecto tan trascendental le parecerá frívolo, pero créame que es mejor eso que pasar la vida dubitativo como R., que ahora se aleja calle abajo sin ser capaz de lanzar la lapa una vez más, la vez definitiva, la lapa que le diga tras describir una parábola lenta en el aire cuál es el siguiente paso a dar, acabando con el dubitar patológico y ya ridículo de R., y enviando, de paso, al cementerio a este verbo que está haciendo chirriar los oídos de los academicistas rígidos y aburridos que no han vivido con la suficiente intensidad como para dudar entre dos amores hasta el delirio lingüístico o incluso el daño cerebral.

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