El horóscopo

El periódico ya está algo ajado a la hora en que él va a tomar el café, lo palpa y lo hojea como interesante, demorando un tanto la mirada sobre los titulares internacionales. Cuando ya ha echado el azúcar y mientras remueve cadencioso, no sin antes comprobar con reojos que nadie está pendiente de él, se va como un fugitivo hasta la página que contiene la predicción de los horóscopos. Va sobre seguro, pues compartiendo hoja con los signos está la previsión meteorológica, así que si alguien le interrumpe o se interesa por el diario él siempre podrá carraspear y aportar que viene viento o calima, o más cultamente, un frente de bajas presiones. La maniobra es veloz y felina, la ejecuta diestramente, de un rápido golpe de vista averigua el devenir de quien naciera bajo el signo Virgo, si le irá bien en el trabajo o si la salud sigue siendo de hierro, pero sobretodo lee intensamente como irá el amor de Virgo, la pasión de Virgo. Así cada día, aunque él es Leo. Luego pliega el periódico y lo deja sobre la barra, paga el café, saluda a algún parroquiano de su quinta y se marcha tranquilo, con sangre fría, como si nada hubiera pasado. Él es mayorcito y no se avergüenza de consultar el horóscopo, es ajeno a las convenciones sociales, pero no quisiera que lo descubrieran devorando a Virgo. Porque ella es Virgo desde hace sesenta y cinco años, aunque él lo sabe desde hace treinta y nueve, desde aquellos paseos hermosos y acalorados, y él no es Virgo, entonces la relación es directa, el espía más torpe descubriría sus intenciones. Lo que él sabe de ella lo sabe por el periódico, ha sabido de sus gripes, de sus hijos, de su trabajo tranquilo, obviando algunas naturales tensiones con los jefes, de sus altibajos emocionales y más. Así va definiendo su vida, hilvanando datos escuetos, como un dibujo que se crea uniendo puntos. Y busca cerrarlo, cerrar el dibujo de la vida de ella, el día en que el horóscopo de Virgo diga algo como “…te reencontrarás con un Leo importante para ti en el pasado, un Leo que te ha querido en silencio siempre, y seréis felices y comeréis perdices…”, y esperando además que ella también lea el mismo periódico ese día, y sepa lo de Leo y lo de las perdices, y de paso no haga falta decirle todas esas cosas que él no se ha atrevido.

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