Cuento del hambre

-¿Dónde comemos hoy?- Comenzó Franz, después del encuentro y del abrazo en silencio. La mañana ya estaba hecha, tanto que casi acababa y la gente de la avenida comenzaba a salivar a esa hora en que la rutina lleva al organismo a aflojar y a la cabeza a proyectar manjares suculentos.
-No sé, vamos a ver qué encontramos por ahí-. Empezaron a andar, trataban de verse siempre al terminar los quehaceres matinales, además hoy tenían la tarde libre, eso significaba sobremesa en calma y más que probable caída libre sobre el sofá o la cama, con lo que la cita adquiría una seguridad serena que les complacía.
Pasaron por delante de un local italiano que tenía dos puertas hacia la calle, pintadas de color rojo burdeos, y macetitas con albahaca sobre los manteles a cuadros blancos, rojos y verdes. Todo muy acorde. Al fondo, en la pared, había un retrato de Fellini bastante joven, con una bufanda blanca sobre la nuca, desprendida hacia los lados, sin enrollarle el cuello. Redujeron la marcha sin detenerse del todo.
-¿Recuerdas el risotto de gambas de la otra vez? Estaba tremendamente seco, como sin vida, una lástima.- Opinó Franz.
-Sí, le faltaba parmesano, ¿y el vino? qué decepción, por no hablar de los panzotti al funghi…-
-¿Tomamos postre esa vez?
-No, querido. Tras el segundo plato te levantaste furibundo y abofeteaste al camarero.-
-Como debe ser.- Apostilló enérgico él.
-Como debe ser.- Corroboró ella. Siguieron como si nada, les encantaba hacerse los snob, sobre todo si había personas desconocidas escuchando. Era una actitud burlesca que les salía con la misma naturalidad con que brotaban las setas en el parque grande en ese invierno desconsideradamente lluvioso. No solían tener dinero como para comer fuera y cuando lo tenían preferían comprar alguna botella de vino bueno, era algo que hacían con determinación e inercia, como si formara parte de las bases de un pacto tácito.
-Podemos ir a aquel restaurante francés…-dudó Olatz- ¿Cómo se llamaba?
Franz reaccionó con seguridad- “Le Relais de Venise L´Entrecote”.
-Ése. ¡Qué maravilla de caracoles! ¡Y qué ancas de rana! Oh la lá, délicieux. Vamos, por favor, nada me complacería más. –y pestañeó como una joven aristócrata segura de sus encantos.
Con toda la displicencia que fue capaz de reunir, Franz respondió –Te llevaría, podría hacerlo, ya lo creo, podría convidarte al mejor parmentier de foie de la ciudad, además, nuestro amigo Jean Richard siempre nos recibe con los brazos abiertos. Pero, verás, no quiero malcriarte, que bastante lo estás ya.
Ella se paró en seco, se puso rígida y seria, con los brazos totalmente estirados y los puños cerrados hacia el suelo, ladeó la cabeza y dijo melosa. -Si tan malcriada soy, ¿por qué no me das unos azotes?
Estallaron de risa. Franz la miraba, así parada en medio de la calle no percibía que hubiera nada más alrededor de esa mujer en ese momento, ni gente, ni coches, ni ruido, sólo la risa de Olatz que seguía con la misma postura de dignidad fingida pero sacudida por una carcajada limpia. Anduvieron entre bromas un rato más, pausadamente, mirando de soslayo algún escaparate con zapatos o paraguas, y unos carteles ajados anunciando un circo que había visitado la ciudad el pasado verano.
-Mi comida favorita es la tortilla de papas con chorizo- Soñó Olatz, que comenzaba a notar las horas que habían transcurrido desde el desayuno.
-Sí, ya lo sé, sólo la hemos comido juntos unas trescientas veces. Recuerdo que me lo confesaste el día que nos presentaron, antes incluso de decirme tu nombre.
-Ajá, es para que se te grabe a fuego en el subconsciente, bien sabes que reinará en nuestro banquete de bodas.
-Y que nuestra primogénita se llamará Omelette.
-Sí -rió Olatz- Tortilla no tiene nada de glamour para una princesita.
Hablando de comida, estirando el hambre por las calles disfrutaban de sí y de la compañía. Vivían plenamente en su precariedad, con una emoción continua y unas ganas sencillas de acompañarse que a veces les descolocaba.
-Bueno, entonces, ¿dónde vamos?, empiezo a ver borroso. -Franz se echaba mano al abdomen liso y duro que habían tallado la sencillez y el trabajo.
-Como en casa en ningún lado, no hay comparación, en ningún restaurante te dejan hacer el amor sobre la mesa al terminar. -Dijo así Olatz, hacer el amor, una expresión que no utilizaba casi nunca, seguro que su cerebro les imaginó a ambos sobre un mantel bordado y cubiertos de plata y copas de balón, y le invadió una corrección lingüística de la que no solía hacer uso consciente, debido a la sobriedad del entorno seguramente. Entones le vino la idea, -Podemos hacer eso, abrir un restaurante donde se pueda follar sobre la mesa a la altura de los postres, basta de represiones-.
-Sí, pero nunca durante los entrantes o en el primer plato- concretó Franz.
-Por supuesto, eso sería un escándalo.
-Y una desconsideración hacia los camareros.
-Yo sería camarera, me gusta hablar – se definió Olatz,-y tú cocinero, tendríamos una cama en la cocina.
Siguieron abrazados calle abajo, sintiendo felicidad por el olor a guiso de res que desde el interior de un bar se escapaba invadiendo la calle. A esa hora no quedaba mucha gente, además hacía frío y quienes aún transitaban lo hacían con paso ligero y arrimándose a las paredes de las casas.
-Te quiero, Olatz.- Soltó de pronto él con aire indiferente, como quien da la hora, o dice que va a llover pronto.
Ella le miró con ese aire suyo de alegría contenida y los ojos brillantes por el aire.
-Ya. Se te nota mucho, si me dijeras lo contrario, o sea, si me dijeras, no te quiero nada o te detesto, sabría al momento que es mentira. Estás loco por mí, pequeño.- Y lo apretó un poco más contra sí, sintiendo los botones de la chaqueta en las costillas. –Pero, ¿por qué me quieres tanto? Sabiendo que he muerto ya seis veces y hoy voy a morir de hambre, no nos queda casi nada de tiempo -y puso cara de felina famélica abandonada en un cestillo.
Al llegar al final de la calle cruzaron la carretera sin mirar, no hacía falta, el silencio de motores indicaba que no había coches cerca, además, estaban pendientes de mirarse a la cara. –Siempre me ha gustado hacer buenas obras, es parte de la herencia de mi educación católica, quererte es mi obligación porque eres un animalito desvalido, ¿comprendes, gata despeluchada mía? Te oigo ronronear, me gusta oírte ronronear. –Sobreactuó Franz con dulzura –¡oh, no, son tus tripas que rugen!- e hizo ademán de levantarla para cargarla en brazos, pero ella no se dejó y se situó detrás para rodearle y apoyar la cara en su espalda, siempre se sentía cómoda así.
Esos paseos contenían para ambos toda la felicidad que eran capaces de sentir, no pedían mucho más, tan sólo seguir siendo capaces de sorprenderse con ocurrencias que descolocaran al otro por un instante, para luego celebrar calladamente la réplica que siempre llegaba, era un juego tan largo como lo era el tiempo que pudieran permanecer sin atacar con mordiscos la boca del otro. Si de pronto hubieran entrado a comer al primer restaurante que vieron, el italiano de puertas burdeos, si hubieran decidido invertir su escaso dinero en ese momento, no habrían jugueteado por el camino, no habrían dejado la imaginación irse y volver hasta la altura de las azoteas que apuntaban al cielo gris y amenazante, estarían ahora frente a frente con una mesa en medio, en lugar de estar apretados andando acera arriba, esto iba pensando Olatz en una silenciosa tregua, esto y que en casa podrían comer en el sofá, o no comer, o levantarse a poner a bajo volumen un disco de Nina Simone entre la sopa y la ensalada. Sintió ternura por las personas que no sabían las cosas buenas de la vida y le pareció que ella era formidablemente privilegiada.
-¿Cocinarás hoy tú, Olatz? Así puedo haraganear a gusto, que me apetece.
-Por supuesto, maridito mío ¿qué clase de mujer sería si no alimento a un haragán? Me echarían de mi club de esposas insatisfechas.
-De verdad que te amo con locura.- Sonreía, y habitaba toda la sinceridad del mundo en los ojos de Franz. Casi habían llegado a casa, vivían en el tercero de un edificio de los años cincuenta con cierto encanto, quizá por el color teja de la fachada, Olatz abrió la puerta pesada que daba a la calle y recordó que algo faltaba.
-¿Te apetece ir a comprar pan?
Había un horno cerca, apenas a sesenta metros, donde hacían unas barras largas y enharinadas que celebraban casi a diario. Franz se dirigió serenamente y se palpaba el bolsillo buscando las monedas que seguro que ahí andaban cuando a pocos pasos escuchó a Olatz con sensual teatralidad mientras dejaba deslizar la puerta –me apetece comerte con pan hoy-.

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