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Nos observa Olatz como desde otro tiempo
–                          como pensando
son los mejores frutos de mi huerto,
bien he de cuidarlos,
y ya la pura esencia bendecidora de su mirada es guardiana de la felicidad
nuestra
y de los nuestros y
de las nuestras,
de lo que somos y seremos al menos hoy,
por este rato en que nos mira así,
tan cálidamente.
Quien llega a esta casa enciende su tea en el fogal dulce de Olatz
llevándose una llama encerrada en el pecho,
en las palmas de las manos o
quizá al fondo
de las pupilas. Pero todas y todos (caminantes, trapecistas o poetas) se marchan al camino en algún momento en alguna luna y cuando la oscuridad nace, y cuando nuestras criaturas duermen,
tan merecidamente su respiración calmada,
quedo yo
sólo yo, amigos, lo siento,
y es para mí todo su calor, y su mirada,
y, sí,
su cuerpo animal desprendido
quién sabe de qué bosque,
mostrándole a mi mundo que hoy nos acabamos abrazados
para que otro mundo mañana nos amanezca.

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