Los hallazgos

Un cuento para Isabel

Et voilà! Qué bien. Ahora, justo ahora notaste el papel en tu bolsillo. Lo metí en el izquierdo porque es donde guardas el tabaco y claro, habrás tanteado buscando y no está, está en el derecho y en el izquierdo está este papel doblado (quiero decir que estoy yo, papel doblado parlante).Vaya, que me disperso. Seguro que no estás ni a cincuenta pasos de la puerta de casa, bueno, esta carta clandestina y sorpresa es para hacerte compañía hasta la tuya, imagino que ya vas fumando con la mano derecha y leyendo con la izquierda ¿me equivoco? O sujetando el papel con las dos manos y el cigarro sostenido en los labios, haciendo muecas para que el humo no te inunde los ojos. Hace tiempo que no hablamos de palabras, con lo que nos gustan, hace por lo menos un día o dos. Ya te vale. Por cierto, levanta la vista de vez en cuando, no vayas a tropezar con algún señor arisco o a cruzar en rojo o peor: pisar una mierda de perro mientras cruzas en rojo y atropellas a un señor arisco. Te tengo una palabra guardadita que no conoces, ¿preparado? ¿seguro? ¡Serendipia! Toma ya, impactado, ¿eh? Se que no la conoces porque nunca la usas, tú que usas todas las palabras hermosas hasta para ir al súper. Además te puse un ejemplo práctico y real. Tú buscabas algo, buscabas el tabaco en tu bolsillo izquierdo, puede que incluso con ahínco y decisión, y encontraste otra cosa inesperada, un papel escrito a boli bic, papel reciclado, que no se diga, mon ami. Eso es exactamente una serendipia, un precioso, un valioso hallazgo inesperado cuando se buscaba otra cosa. ¿Qué mayor hallazgo que una carta de mi puño y letra, mon amour? ¿Te vale la palabra? Linda ¿a que sí? Ya sé que prefieres las esdrújulas, bien, hagamos trampa, vamos a convertirla en adjetivo y hablemos de hecho serendípico. ¡Qué cultos nos ponemos! Si nos vieran nuestros profesores, esos que nos llamaban cafres, seguro que no saben nada de Henning Brand, ni de que tenía bigote, ni de que era un químico alemán que andaba mezclando sustancias raras buscando crear oro (qué gentes las del siglo XVII, siempre con baches económicos, seguro) y en vez de eso descubrió el fósforo. Toma serendipia de manual, digo, suceso serendípico. Me estuve informando bien, ¿qué te crees? Yo este juego me lo tomo en serio, mon chéri. Otro famoso, el más famoso hecho serendípico fue el de Alexander Fleming, sí ese, Alexander, el más chico de los Fleming, que siempre fue muy de andar trasteando. Llegó malamente de resaca un día cualquiera a su laboratorio y había descubierto la penicilina, ahí, sin comerlo ni beberlo, una cepa floreciente de Penicillium notatum, qué cosas. ¿Lo estás pasando bien? Yo estoy radiante ¿a que así el camino se hace más ameno? Hay muchas serendipias en el mundo, así en plan científico y otras más mundanas, porque hay grandes cosas que pasan así de chiripa, por casualidad. Como el tipo que un día cortó las papas más finas de lo normal para vacilar a unos amigos y descubrió las papas fritas chips. Seguro que no las patentó y ahora está tirándose de los pelos en su tumba. Pobre hombre, oliendo a fritanga de tanta sartén que pasó por sus manos. También está la mujer que se le fue la olla con un queso que tenía guardado a saber dónde e inventó el queso azul. Nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos, mmmm. Yo también tengo mis serendipias, una vez llamando a una vecina por la ventana descubrí, así sin más pretensión, que tengo una privilegiada voz para el bel canto en la ducha, bien lo has comprobado (esa sonrisita…). Pero el mejor, el más increíble y fabuloso hecho serendípico que me ha ocurrido fue aquella vez que andaba en un rastrillo de libros de tercera, cuarta y hasta quinta mano, en el parque de los cipreses, buscando una biografía de Hemingway y me topé con un tipo con pinta rara mirándome a la boca ensimismado. Qué hallazgo más feliz, ay, flaco. No encontré el libro, pero no importa tanto. Mirándome a la boca, ¿serás pervertido? En vez de a los ojos como los locos normales. Eso de que estaba musitando cosas yo sola y querías leerme los labios no he terminado de creérmelo nunca. Lindo. Sabes bien que me encanta que me mires a cualquier parte. Bueno, petit pois, aquí termina la lección de hoy, no te quejarás de la palabra elegida ni de la documentación, a ver qué se te ocurre a ti. Que llegues bien a casa. Nos vemos mañana a las seis, pa merendar. ¡Oh, las seis, qué hora más ideal para poner a latir fuerte el corazón! Besos. Que descanses.

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