Hubo un tiempo que…

todo era inmenso

y

toda esa inmensidad era tuya

-la añoramos secretamente a veces, nos sentimos culpables luego-,

el mar estaba a tus pies y no llegaba nunca, milagrosamente,

más allá de la altura de tus tobillos,

cantaban pájaros eléctricos,

-príncipe del chocolate,

niño destronado-,

trinos alegres no para dormir.

 

¡Hay tanto amor para ti!

ser hecho de carne y luz

cada día más hermoso.

¿Para quién escribo esto? si no puedes aún entenderlo,

que comprendes tantas cosas que nosotras no y estás

por encima de toda duda:

escribo pues para otras que no sepan tal vez nada

del protocolo que se te debe ni de las reverencias

que mereces

príncipe destronado.

Y mientras, te deshaces de risa con la palabra reverencia

y

con la mueca.

 

¿Sabes? Hay tanto amor para ti

irradiando de nuestros cuerpos

que podríamos crear otro sol

amarillo en el cielo.

Así está bien, no importa que no sepas que a veces

hace falta otro sol, distinto

de ese con que juegas a hacer sombras fatuas en la arena.

 

Qué sencillo es todo contigo

cuando bienduermes

cuando todo lo aclaras y nos regalas la certeza de que

no hay más alta prioridad

que ser feliz.

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