Amor en Bucarest

Amor en Bucarest,
o algo similar, -el título es lo de menos-,
se llamaba,
sí,
la película aquella con la que te reíste
también de nervios,
con aquel tipo que movía su bigote procaz entre las piernas de una enfermera.
Clásico del cine europeo,
aún oigo tu risa,
soy un sinvergüenza,
lo admito.
El pacto era que yo
soportara entera una de zombies antropófagos,
ahora entiendo que esa
es la naturaleza de los zombies.
Quid pro quo.
Las películas se resuelven en diez minutos,
así como las novelas se resuelven en el último capítulo,
lo que sucede mientras tanto
es lo de menos.
Y la vida.
Hasta el último paseo no sabemos si tenemos vocación de comedia,
de melodrama o
de tragedia,
lo demás es relleno, tú eres relleno,
al menos el guionista me puso un chico guapo en el camino.
Y así era nuestro relleno
de grandes conclusiones,
filosofía de zaguán
y
larga cama.
Puedo coger tu alegato y hacer un poema,
sólo poniendo algunas comas y espacios,
eso,
querida,
es un prosopoema,
no creo que ninguno de esos zombies lo sepa.
Qué inquietud, ahora que se acerca el fin,
la hora de descubrir
si vamos
a reír
o
a llorar
de camino a casa,
todo se resuelve en diez minutos,
cuánta razón,
chica lista.
Pienso dejarme bigote,
observé tu mirada lasciva sobre el doctor rumano.
Anda,
suelta las cotufas y dame la mano,
que esto se acaba y presiento que
necesitaremos pañuelos.

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