La redención de Elena

La redención de Elena
vino entre los equinoccios,
-tantos fueron los soles-,
poco más puedo decir.
Quizá: que se dolió mucho sin arrepentirse
de apretar tantas veces el gatillo
jugando al límite
hasta darse asco
frente a un charco de lágrimas.

Yo vi cómo del mar destelló un rayo
ardiente,
era el cañonazo sencillo del perdón
-tan necesario para el reposo-
inundándole la sangre del pecho.
No sé cómo me atrevo a hablar
públicamente
de la redención de Elena,
debe ser porque soy la sombra
de la sombra
de alguien que habitó hace años
el tronco de un árbol,
y
ya
no puede tocarme sino ella
con toda su misericordia.
Yo que la vi nacer y amarme con el alma y
el cuerpo
yo que la vi odiarme con el cuerpo y
el alma,
puedo llorar y sentir ahora cómo se eleva
hecha de polvo y fracasos
observando el mundo desde arriba
al fin en calma.

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