El otoño en mi jardín no es
el otoño
consagrado en los calendarios, mistificado como
ocaso del verdor y preludio
de su muerte,
no,
es un millar de nacimientos en cada semilla
en cada molécula.

Se parece a

el otoño de Arcimboldo con
tonsura de calabaza
tirabuzón granado de uva, que
baila tierno y se le desarma el rostro de bodegón, baila
sobre los versos de Lertxundi,
no comprende la lengua tribal pero
se le eriza la hojarasca y desea
tenerla rozando su boca.

Se parece pero es
otro,
cierto es que
hay algo de fúnebre en los apresurados
atardeceres,
algo de homenaje póstumo
en la fruta última pasada, negra
en los pies de los árboles.

El otoño es mi jardín no es
un frío ventarrón naranja y ocre,
claro que
es
mi jardín
un país de sal entero y partido jugando al
gallito inglés
con las estaciones.

El otoño de mi jardín es un niño feliz y aún
no le he hablado ni media palabra
de mi otoño.

el-otono-de-arcimboldo

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