Al fondo del bosque

Hay un revuelo en la profunda fronda
de verde rezumante
los pájaros de tornasol plumaje se aman tanto que
no saben quererse y
se pían
los reproches más terribles, estremeciendo el musgo
de los troncos.
El dios del relámpago
que bendice el sudor nuevo,
el calor abrasador en las palmas de las manos,
llora de impotencia, le crecen
enredaderas en las piernas,
qué cosquillas en sus piernas de piedra ahora
transfiguradas,
hechas columnas de un claustro oscuro, ganado por la hierba,
donde sólo resuenan cantos medievales y golpes de yunque
-si supieras rescatar psicofonías
guardarías mis jadeos en una cinta de casete,
no jures que no, que te tiembla la sombra
cuando mientes-.
Al fondo del bosque están el dios y los pájaros
abandonados como un libro malo en una tronja
y voces varias a por las que nadie vuelve
posadas en las ramas o recostadas
sobre la piedra.
Entre el follaje se cuela escasamente algún rayo de sol
pero no el suficiente,
el dios del relámpago mira arriba ansioso
esperando que alguna voz alce al fin el vuelo y se marche,
pero no es suficiente.

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