Gracias, Sidney

Gracias, Sidney,
estoy bailando con una silueta a ratos sombra
a ratos aire,
me dormí bailando anoche y de pie en la cocina
abrazado a una farola colocada ahí no sé con qué propósito.
Oh, Sidney, se me van las caderas y no quiero reprimirme
en este velatorio,
la viuda me mira con negro asombro,
eres el culpable.
Si supieras Sidney
-seguro que lo sabes-
los besos que provocas cincuenticinco
años
tras tu ida sibilante a través del clarinete sin retorno.
No puedo parar la danza
y me agarro a la cintura del vecino en la cola del pan, Sidney,
tú eres el responsable
de esa y otras tantas indiscreciones en las que soy feliz
enormemente y no existe
más mundo que el que
encerraste en el vinilo.

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