La guerra de los nosecuántos días

La guerra de los nosecuántos días
empezó con la fractura sencilla de algo sencillo
que nadie recuerda.
Al contrario que la rotura de unos huevos anticipando
tortilla o bizcochón,
nada hacía entrever que esa grieta fuera abriéndose como
cremallera que separa incluso océanos
-inocente Moisés, quedaste en nada,
con tu pequeño mar rojo sangre,
rojo como los labios rojos-.
Así tan torpemente se pusieron sobre el tablero
tanques, bombarderos, yendo poco a poco
minando las calles, alambrando las aceras,
depositando pájaros muertos ante las puertas de los enemigos
y del otoño que se adivinaba en la fruta pasada.
La guerra –como todo con el tiempo- pasó de los titulares luminosos
a sólo una mención en la página de contactos sexuales
de un diario provincial
algunos miércoles.
Así nosecuántos días empiezan a olvidarse
almacenándose en el hígado
en el páncreas
en el estómago como un cangrejo,
doliendo levemente en el atardecer,
agravándose en la cena
lloviendo mares en medio de la noche,
luego
levantáronse escuelas y parques en las trincheras.
Ahora se está como en casa,
tomando café,
viendo ondear la ropa
secándose al sol y al viento.
Ya muy pocas veces se cruzan disparos y
casi nunca
-nunca-
se dice
lo siento.

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