I love you
i love you, darling,
susurró lánguido el actor aquel que
nunca has vuelto a ver
en cine o en televisión.
I love you y un -te amo- en
amarillo
nos amenazó desde el rodapié de la pantalla.
Fueron tales ríos de miel y lágrimas los que borbotearon
de la escena que un sabor agridulce nos invadió la boca
acompañándonos desde allí, desde la sala antigua señorial
hasta el desayuno,
ahí justo lo aplacamos con café matinal, escupiendo ailovius mecánicos,
lástima que
solamente
sabíamos decirlo en inglés.

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