Los bosques tuyos

Que no caben

en la cuchara

los bosques tuyos,

ni quemarse pueden haciendo humo azul

en el fondo mismo.

Que no caben y aún los desayuno

clavándose en el cielo

-sus copas punta-

de la boca.

Que rebosan a los ríos y los vecinos valles

que en la mesa se esparcen,

-te relato tiernamente con el quiebro lacio entre dientes de los troncos-,

que exhalo el verde que riegas y provocas,

y que en la sombra que fresca exhalo

me recuesto.

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Alalá de la piedra

Es ley que se hunda la piedra,

que no puede el mar

sostenerla.

Ailalá, lalá

la piedra no puede el mar

¡ay!

sostenerla.

Ni pueden tus alas de ángel

no perderse

tras ella.

Ailalá, lalá

no perderse, mojadas tus alas,

¡ay!

tras ella.

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Casus belli

 

El verbo látigo,

la astenia precoz

la indiferencia imperdonable hacia

la primavera.

¿Qué suena?

La voz

la sombra

la veladura tatuada de los años,

surco, fuego en los trigales,

caballitos de mar enroscados

en la pantalla…

Todo esto suma demasiado.

Alguien dice ¡Basta!

al otro lado de la enredadera,

contagioso como el bostezo:

basta,

y se nace en ti de duro parto

la palabra.

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La gran metáfora

Créeme. No hay nada tan real como estos versos. Lo que lees en esta hora de la sobremesa temprana en que el olor a café se demora un poco y persiste sólo en el marco de madera a punto ya de terminar de marchar, y donde la modorra se adivina en la laxitud de las hojas manuscritas, fue como imaginas. En letras ningunas hallarás nada tan tangible como lo que éstas describen. Cuando digo que aquella tarde, de pronto,

 

Un flameo de gaviotas verdes ocultó breve el cielo y

se transfiguró en vórtice

absorbiendo en su ojo la luz musgosa de las seis y el gesto titubeante

de algunos bañistas

 

no existe figuración, créeme así, no hay intención de metáfora. Es cierto que una bandada de aves color esmeralda cubrió la tierra como un manto y formó luego una espiral que igual que un feroz tornado levantó a la misma luz de su reflejo y se llevó la inquietud de quienes a esa hora dudaban si entrar al mar era ya pertinente. Existe una franja del día en que el aire comienza a enfriarse y la inercia de los cuerpos es apegarse al calor que se ha ido acumulando en las rocas y la arena seca, y en las paredes expuestas al poniente. De ese momento te hablo y de lo que vino luego:

 

la tumultuosa danza alada

precedía humedad gestándose gota y,

tras ella,

avanzando metro a metro, serena

la lluvia vino a verterse desde un azul aguamanil

eliminando los retazos últimos del sueño largo en la cara polvorienta

de la tierra.

 

Así fue que una mano gigantesca hacía pendular el jarro de loza y derramaba su contenido y la tierra se sacudía la prolongada siesta con un bostezo. Así fue y créeme que así lo vimos todos, recortada en el cielo una mano real, corpórea aplacando el calor del día y zanjando cualquier vestigio de letargo. Cada hecho fue así, así ocurren las cosas prodigiosas y deben ser así narradas, en ese idioma que tú hablaste resueltamente en otro tiempo. Vuelve pues a hablarlo conmigo, a leerlo sin complejos a viva voz, pregona el tornado de aves succionando indecisiones y la lluvia barriendo literal las legañas del mundo. Y es que, en los minúsculos restos de caparazón y el dibujo de los caminos de agua,

 

Supe de tu partida y brotó la incertidumbre de si

renacerse es suficiente y de si

cada partícula nuestra es inmortal.

Sea pues que yo recoja cada partícula desgajada de ti y

como bien te conozco la piel y los huesos,

te nazca.

 

Dime ahora, por favor, ahora que sabes lo que veo y lo que vivo y mi intención de poeta leve si tú estás detrás de todo el realismo mágico jugando a ser deidad, si hiciste tú a las verdes gaviotas y las educaste para ese vuelo, y si era tu mano inmensa la que asía el aguamanil. Dime si lo creaste para mí, si esa obra genial, física, palpable es en conjunto una metáfora del reinicio y del vencimiento, de la superación del miedo de estar sin ti.

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Lúnula en cuarto creciente

Lúnula en cuarto creciente

alúmbrame la senda, que voy

-recórreme y la espalda,

punta de dedo-

por donde me dijeras.

Lúnula que me cabes en la boca

y al antojo las mareas

naces y creces de mi lengua,

acógeme los aullidos si acallarlos

no pueda.

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Peumo

Si hubieras muerto abrazada

al pardo tronco del peumo

tendría eco mi querencia

por la verde umbría del bosque techo

y el talle cimbreante de la hierba tierna

y el aroma silvestre del aire,

pero de otra naturaleza fue el vuelo y

contigo al aire tanta respuesta,

Viola chilensis.

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03/02

Este es tu otoño,

pergamino de los deseos no satisfechos,

el olor del jazmín ya no te atraviesa las sienes y ese tiempo de flores

es niebla blanca rota

por la turbulencia de alas:

Te dicen todas las olas retiradas en el piélago

en su sabiduría, en su

acabarse.

Este es tu otoño y son estas

tus plumas de ángel,

sosiega,

aún te aguarda el privilegio

de elevarte.

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