Las voces propias del bosque

Es entrar al bosque los días festivos, a la llamada de las voces

propias del bosque:

las voces del brezo

las voces del líquen

las voces de la hoja muerta,

es entrar casualmente por la misma ruta siempre,

hay algo milenario en la cadencia con que crujen las raíces creciendo,

de risa crujen, socarronas:

 hay un átomo suyo en algún rayo escuálido de luz

  entre las ramas,

  se sostienen en el aire sin más, perduran siglos

  inalterables,

  busca el átomo si aún lo amas.

Sea pues que esa parte minúscula esté y yo la respire y se funda

con otro átomo cualquiera y crezca.

 

  Un átomo suyo, aún permanece.

Es entrar casualmente por la misma ruta siempre,

a la llamada de las voces, cualquier día

cualquier hora,

el gesto más consciente

de todos los gestos conscientes

que da forma a la más ciega búsqueda

de todas las búsquedas.

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Detener a Kathrine Switzer

Todos los grises que van

del negro al blanco y del blanco al negro

están presentes

como cipreses

en la fotografía.

Orgullosamente erguidos, grises de otro tiempo:

no sabemos del nuestro ni de nuestros papeles.

Detener a Kathrine Switzer, agarrarla de los brazos y las piernas, someterla o

ir con ella respirando el aire fresco como quien pasea por Boston 42 kilómetros.

Nadie nos dijo el deber ni el poder, ni en el tiempo de los grises ni en el tiempo de ahora.

Papeles otorgados para una representación,

qué nervios,

a fin de curso.

¿quién nos pondrá nota? una asamblea de varones infalibles, y nuestro miedo aprehendido al ridículo.

Pero detener a Kathrine o…

pero qué gris tenemos asignado,

pero,

pero…

qué vergüenza si nos corresponde progresar…

Nadie nos dijo el estar o el ser:

estúpidos hombres-niños o…

Nadie nos dijo…

estúpidos o…

Berria

Tarde aquella

sobre la arena de Berria, de tan fría trepando los pies descalzos

hasta el bulbo raquídeo.

De tardes inventariadas, aquella de sirimiri en la playa,

con una voz de cable metálico sentenciando de lejos:

han borrado a G.

de la superficie de la tierra y de

sus propias palabras escritas.

¿Cómo así? sin quemar los papeles, su nombre desaparece

así,

como el nombre en la arena que escribes un segundo antes

de la ola.

¿Ves como es posible?

Las gaviotas asiduas de la orilla, sin mirarse, sin decir se dicen:

otros que vienen a llorar al mar,

la sal y la sal se entienden bien.

Las gaviotas a veces se hablan sin mediar gesto ni palabra, debe ser que son

hijas del mismo aire marino, igual que las del duelo,

igual que todas las que lloramos que G. fuese borrado

de sus propias palabras escritas

a la misma hora

con el mismo llanto

sin decirnos nada.

Sólo salirnos

Nos sentamos a ver qué sucedía

con refrescos y frutos salados nos sentamos

cualquier día de cualquier año ante el espectáculo de títeres.

Y era el escenario terrible,

y era el peor director de escena

y un desfile de culatazos en la boca y reos-niños, y las tablas

cubiertas de polvo y sangre y habían enmudecido al apuntador y al muecín,

de modo que

no había oración posible por los cuerpos ordenadamente cubiertos

por hilachas de telón.

De algún lado llovían piedras,

cualquier día de cualquier año,

sobre la platea y había títeres sin cuerda y con los ojos blancos

sentados o desplomados a nuestro lado como espectadores vaciados.

Se sabía la muerte, estaba rodeándolo todo con botas negras,

se sabía con una certidumbre grotesca:

una miríada de almas gimen estarcidas en los muros de Jerusalén.

Cualquier día la función no acaba,

no termina cualquier año, y nos salpican restos de algo

denso y morado y no queremos saber qué es,

sólo salirnos

en plena náusea a exigir la devolución

y un borrado mental de lo visto

y un lavado de nuestras ropas.

No nos gusta el horror. No volveremos a mirarlo.

Hipnos

El lunes le pesa a Hipnos,

que juega a arrancar a sus hijas noctámbulas

bostezos a primera hora de la mañana.

(Y, bésame, Pasítea, llévame

allá donde tú transitas livianamente

como sin ropa y otras tristezas).

En ese instante concreto,

en ese abrazo onírico,

un ángel de perfil griego

desciende amable posando los pies

sobre la mesa del desayuno,

toma bocados del frutero

con la confianza que dan los años y en

un sonoro aleteo se va por donde vino

-quiero decir-

quebrando el techo

que era de nube

que era de sueño.

Hipnos se abraza consigo mismo

(Pasítea, amanece, vamos al lecho).

De tu bosque lo más fresco, el musgo,

los helechos, el agua que queda de la noche,

como restos,

 

de tu voz los acordes como de violín pulsado en pleno orgasmo,

los llevo de paseo

tomados de la mano.

Orígenes VI

 

Parece no pesar nada,

madre, fuera hay nieve

un manto limpio y leve,

No se levante, fuera hay nieve.

Nadie nos contó de ella,

no está en las historias del desierto,

pero yo sé qué es

cómo es y

su nombre.

Mírela, madre,

acérquese a la puerta, pondré un copo sobre nuestras lenguas,

ninguno de los nuestros la conoce,

yo sé que es fría, no ha de vivir mucho aquí pero

está perlando los brotes de la higuera.

Parece no pesar nada, pero ha de quedar su poso eternamente.

Puedo escribir su símbolo, hacer historias y contarlas

a los antepasados que no la vieron,

que no sabían nada de ella,

que si la notan caer en su mundo ahora

la reconozcan sin enrojecer de vergüenza.

Me viene de un lugar del sueño,

tan pura y blanca

hecha de agua,

tan grande revelación me vacía de fuerzas.

¡Ah, madre, la epifanía mató al profeta!

Fuera hay nieve, eso es, nieve

venida de otro tiempo,

igual que vienen siempre las cosas desconocidas de otro tiempo y aún sin nombre,

transgresoramente y buscando al menos

una boca abierta

donde posarse.